¿Qué puede interesarle a Irán en Bolivia? O, en sentido inverso, ¿qué podría interesarnos a los bolivianos de Irán?
El comercio bilateral entre Bolivia y la República Islámica de Irán ha sido marginal durante los últimos 15 años. Antes de ese periodo, simplemente era inexistente.
Las transacciones comerciales entre ambos países se han mantenido en niveles extremadamente bajos y representan una proporción insignificante dentro del comercio exterior total de Bolivia. Según estimaciones del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), el intercambio comercial entre Bolivia e Irán equivale apenas al 0,002% del comercio total boliviano con el resto del mundo. En términos prácticos: casi nada.
Algunos datos permiten dimensionar esta afirmación con mayor precisión. En 2009, Bolivia exportó a Irán productos por un valor de 334 mil dólares. En 2010, la cifra subió a 3 millones de dólares. Pero para 2022, las exportaciones volvieron a desplomarse a 29 mil dólares, una cantidad prácticamente irrelevante.
¿Y cuánto hemos comprado a Irán? En 2014, Bolivia importó bienes iraníes por aproximadamente 982 mil dólares. Para 2024, las compras cayeron a alrededor de 292 mil dólares, en su mayoría productos farmacéuticos.
No vendemos. No compramos.
Sin embargo, Bolivia mantiene una embajada costosa e improductiva en Teherán, mientras Irán sostiene en Bolivia una representación diplomática numerosa, hermética y operando bajo niveles altos de opacidad.
Si no es el comercio, ¿será el turismo? El turismo bilateral Irán–Bolivia durante los últimos 15 años carece de relevancia estratégica. El flujo de visitantes iraníes es estadísticamente marginal y no figura entre los principales países emisores de turistas hacia Bolivia.
Tampoco es el turismo. Excepto para lo que podría llamarse turismo gubernamental.
La cantidad de funcionarios públicos, asambleístas, congresistas, dirigentes sindicales y otros bolivianos que viajaron a Irán desde 2007 sorprende tanto como la cantidad de iraníes que ingresaron a Bolivia en ese periodo.
Lo que subyace detrás de esta relación intensa —construida desde el gobierno de Evo Morales y sostenida por Luis Arce— es una vinculación de carácter ideológico con componentes ilícitos. Se trata de una convergencia basada en afinidades políticas y operativas con estructuras asociadas al terrorismo, al crimen organizado y a la articulación de un bloque anti–Estados Unidos y anti–Occidente, con presencia global y una proyección creciente en América Latina.
Bolivia e Irán establecieron relaciones diplomáticas el 8 de septiembre de 2007, durante las presidencias de Evo Morales y el ahora muerto Mahmoud Ahmadinejad. En aquel entonces, Ahmadinejad llegó a Bolivia con dos regalos para Morales: uno de carácter personal, millonario; y otro presentado bajo la apariencia de un medio de comunicación.
Desde entonces, las relaciones se intensificaron constantemente, sumando más de 49 convenios, incluidos acuerdos en áreas sensibles como seguridad y defensa. El gobierno de Luis Arce no solo preservó esta línea, sino que la profundizó mediante acuerdos estratégicos altamente cuestionados por su falta de transparencia.
Existe abundante investigación —clasificada y no clasificada— sobre el significado de la presencia iraní en Bolivia, así como en Argentina (previo a Milei), Chile, Brasil, Perú, Venezuela, Colombia y Nicaragua. ¿El elemento común? La opacidad.
Las supuestas donaciones de Irán a Bolivia —una clínica, una fábrica de cemento, una planta de leche, un centro de investigación, centros de entrenamiento, drones y otros proyectos— requieren una investigación exhaustiva. Muchos de esos proyectos nunca se completaron, nunca funcionaron o jamás fueron verificados.
Las redes secretas de Irán con los países del denominado Socialismo del Siglo XXI, que fue una fachada para el crimen organizado y el terrorismo, son amplias, desde un “acuerdo secreto” entre Irán y Venezuela que supuestamente tiene por objetivo establecer una infraestructura nuclear dependiente de Teherán, hasta, por ejemplo, numerosas representaciones diplomáticas iraníes en Nicaragua o Bolivia o la inexplicable conferencia económica bilateral auspiciada por David Choquehuanca en Santa Cruz, con un país al que no le vendemos nada ni le compramos nada, al menos legalmente.
A ello se suman las preocupaciones relacionadas con las organizaciones terroristas, tales como: la IRGC, Hamas, Hezbolá, la Fuerza Quds y otras organizaciones con presencia activa en la región. La ministra Patricia Bullrich, en Argentina, llegó a alertar sobre la presencia de 700 iraníes vinculados a la Fuerza Quds en territorio boliviano. No nos corresponde desmentirla: nos corresponde identificarlos, verificar sus actividades y evaluar sus riesgos.
Pero eso no es todo. Hay registros de iraníes con pasaportes venezolanos viajando desde Caracas a Río de Janeiro, pasando por La Paz, rumbo a Buenos Aires, y algunos desembarcando en Santiago. También hay iraníes con pasaportes bolivianos, siguiendo rutas similares. Otros ingresaron a Bolivia como supuestos empresarios, vinculados a compañías que jamás iniciaron operaciones reales.
Es un tema abierto. Y merece ser cerrado, más pronto que tarde.
Y un detalle adicional: si los cubanos no han destruido parte o toda la documentación histórica de Migración, podemos identificar con claridad la nómina completa de bolivianos que viajaron a Irán en los últimos años y cotejar dónde trabajan hoy esas mismas personas. Las sorpresas serán numerosas.
Ese detalle —que no es menor cuando se habla de posibles sabotajes al gobierno del presidente Rodrigo Paz— es, sin embargo, anecdótico frente a las redes ilegales, financieras y terroristas que Morales y Arce tejieron durante sus nauseabundos gobiernos.
Irán continuará siendo un riesgo para nuestras democracias y libertades, mientras continúe sometido a un régimen teocrático y totalitario.
Hay todavía mucha tela para cortar y gran cantidad de valiosa documentación por revelar.
El presidente Rodrigo Paz, su canciller Fernando Aramayo y su equipo más cercano tienen la claridad y firmeza para desmantelar ese peligroso enjambre que se ha tejido en estas dos últimas décadas. La decisión del gobierno del presidente Paz de anular todos los convenios militares con Irán representa un primer paso significativo y refleja una política exterior clara y firme.
(*) Erick Foronda es conferencista