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Antes de que el año acabe quiero recomendar Irande, la primera novela escrita en guaraní en Bolivia. El autor es Elio Ortiz, que murió en 2014, con 46 años, sin saber que su novela ganaría el III Premio de narrativa en idioma originario Guamán Poma de Ayala; Ortiz también fue autor de numerosos ensayos sobre la cultura guaraní y actor de cine. La publicación de Irande en 2015 pasó desapercibida a pesar de que, como dice el autor y traductor argentino Mario Castells, la aparición de una novela en guaraní “no es un acontecimiento menor” en Latinoamérica: hay solo dos novelas publicadas en guaraní del Paraguay, Kalaito pombero, de Tadeo Zarratea, y Pore'y rape (Camino solitario), de Hugo Centurión.

Así que Elías Caurey, sociólogo guaraní y amigo cercano de Elio Ortiz, se dedicó este año a traducir Irande al castellano, con la esperanza de que más lectores se acerquen a la lengua y la cultura guaraní, esa gran desconocida en Santa Cruz y Bolivia. Irande puede leerse como un bildungsroman indígena, pero sin la introspección individualista de la novela occidental, atravesado por la historia oral, los mitos y los cantos sagrados de los guaraní. La novela recrea el mundo guaraní poco antes de la sangrienta batalla de Kuruyuki de 1892 liderada por el legendario guerrero Apiaguaiki Tumpa, en la que murieron miles de hombres, mujeres y niños guaraní a manos de soldados republicanos. Esa batalla, en la que los guaraní optaron por la muerte antes que la esclavitud, significó el ocaso de esta nación.

Ortiz decidió, en vez de escribir una novela de denuncia sobre las condiciones de esclavitud que soportaban los indígenas del Chaco a manos de los terratenientes, mostrar la vida en una comunidad que se mantenía en libertad antes de la masacre y que vivía de acuerdo a sus tradiciones previo a la llegada de la modernidad y del cristianismo (en ese sentido, Irande tiene rasgos en común con la extraordinaria Todo se desmorona, del nigeriano Chinua Achebe, novela fundamental de la narrativa africana). 

El pueblo de Irande aún es libre, pero está cercado por el avance amenazante de los hacendados cruceños: este es el telón de fondo para la historia de la muchacha que, al tener su primera menstruación, inicia el tradicional rito del resguardo o “yemondia”, que dura un año y marca su transición hacia la adultez. Que la protagonista se llame Irande no es casual (para el guaraní el nombre es sagrado y jamás se emplea a la ligera; ganarse un nombre es una cuestión de gran importancia): su nombre viene del pez irandetà, que es el que pasa de último en la temporada de pesca, señalando que esta llega a su fin; Irande es, pues, la que anuncia a los guaraní el fin de un tiempo y el comiezo de otro. 

La novela es un portal hacia otra cosmovisión, otra manera de entender la relación con el universo: las abuelas que entrenan a la joven Irande con las historias de los antepasados hablan de un mundo en el que todo está vivo, animales y objetos, en el que el tiempo es circular y en el que se espera el momento en que los murciélagos salgan del fondo de la tierra y el mundo se dé vuelta: “Se dice que todos los objetos tiene vida y alma. Pero cuando se vuelque la Tierra ellos cobrarán vida y se vengarán de nosotros si los hemos usado de mala forma”. Entre las historias que la abuela Nanui cuenta a Irande está la de los mellizos engendrados por padres diferentes, el mito de origen de los guaraní:  “La mujer tenía dos bebés en el vientre. Había quedado embarazada del segundo cuando durmió con el Dios Zorro. Las criaturas se movían en su vientre. Cargaba mellizos, el hijo del Dios Tatú y del Dios Zorro”.

Los mellizos se disputan espacios dentro del vientre de la madre, pero el antagonismo entre ellos termina por matarla: uno de los mellizos representa el saber racional y el otro el saber espiritual, y ambos son complementarios.

Otro de los mitos es el de las dos mujeres que, cansadas de la vida que llevan en su comunidad, salen a ver el mundo y escogen varios maridos: primero eligen como pareja al carancho, luego al picaflor y después al loro, y cuando ninguno las contenta, deciden convertirse en árboles. Si bien la historia es una fábula sobre la insatisfacción y los peligros del carácter voluble, es notable que en esta novela las mujeres no ocupen el rol pasivo de la cortejada o de la musa: más adelante es la misma Irande quien se planta frente al joven y desconocido Apiaguaiki y lo elige. Irande tiene un carácter impulsivo y respondón, pero también es capaz de “ver con los oídos” (yapisaka), un valor central en el mundo guaraní. Su rol no es el de la musa, sino el de la mujer sabia que lee las señales del tiempo por venir para su pueblo, y su destino final será encender la chispa de la rebelión.