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Jeanine Áñez Chávez pasará a la historia como la segunda mujer presidenta de Bolivia, pudo ser más que solo una estadística, pudo más que pasar a la historia y ser ella misma la historia, pero mañana concluirá su mandato de 361 días con un perfil político muy golpeado por su ambición de poder, sus desaciertos y la pandemia.

Si algo no se le puede negar a la presidenta saliente es el mérito de la valentía que puso en aquellos momentos inciertos de noviembre de 2019, cuando en el país se produjo un vacío de poder que podía derivar en una violencia sin medida y ella apareció para poner el pecho a las balas, pacificó el país, conformó un rápido gobierno, armó nuevo tribunal electoral y llamó a elecciones.

Ella fue la esperanza, llegó en el momento oportuno, encaminó al país hacia un rumbo de certezas democráticas en medio del caos tras el vergonzoso fraude, tras la inesperada caída de Evo Morales y la ola de renuncias del masismo.
Lo hizo tan bien esos primeros días que alguien ´se iluminó´ y dijo “Y si fuera ella…”, sacando provecho de un marketing de recordación muy avanzado gracias a la popular canción de Alejandro Sanz con el mismo nombre. 

Pocas horas después salió ‘ella’ a anunciar que tras el fracaso de un breve intento por conformar una candidatura de unidad de las opciones contrarias al MAS, ella se postulaba a la Presidencia para concentrar en votos el descontento con el gobierno de los 14 años recientes.

Era un 24 de enero. Era el día de la feria de la Alasita paceña, el día de las miniaturas, y este año también se convirtió en el día las pequeñeces políticas. Ese día se destruyó todo, la ilusión, la valentía, la admiración y el futuro. 

Nueve meses después, lo que pudo ser una dulce espera se convirtió en un mal sueño que finalmente se transformó en una pesadilla para las opciones democráticas contrarias al partido de Evo Morales, porque las urnas le dieron un duro revés a todos ellos y el MAS ganaba las elecciones con el 55,1 por ciento de los votos.

A la hora del reparto de la torta de las responsabilidades, Jeanine se llevó la tajada más grande: su ambición por la fallida postulación, los desaciertos de su gestión, los actos de corrupción y finalmente la pandemia terminaron por desencantar al electorado, que prefirió jugarse por lo viejo conocido antes que por lo nuevo por conocer.

Es verdad que el Covid-19 también puso su ingrediente en el pastel de sabor amargo, porque sin pandemia las elecciones se hubieran realizado en mayo, y las cosas probablemente hubieran sido diferentes, sin respiradores que comprar, sin tajada por robar. Si robar es un crimen, en medio de la tenebrosa pandemia de este año robar es diez veces ese crimen. Pero las cosas fueron como fueron, y terminaron con este final de telenovela turca: trágico.

Y pensar que pudo ser ella. Si hacía bien su papel de presidenta de la transición sin la borrachera de poder que la cercó –y también le llegó–, el país agradecido le hubiera entregado a ciegas su confianza como un plazo fijo a cinco años para que el 2025 ella fuera la gran opción renovadora del país. 

“¿Y si fuera ella?”. Su entorno ya puede responderse a la pregunta. No era ella, claramente no lo era. Y como en la canción, Jeanine y los suyos tendrán que recordar que la vida es una rueda y va girando y nadie sabe cuándo tiene que saltar.