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Jesús, María, José y el censo

Pablo Mendieta 29/4/2021 05:00

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“Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo… Todos tenían que ir a inscribirse a su propio pueblo. Por esto, José salió del pueblo de Nazaret… y se fue a Belén… junto con María, su esposa, que se encontraba encinta (de Jesús)” (DHH).

Así relata el evangelio de Lucas (2:1-5) un censo en el imperio romano hace más de dos mil años. Hasta hace una década me causó intriga que todos tengan que volver a sus pueblos para el censo, frente a la práctica que tenemos hoy de contar a las personas donde “residen”.

Sin embargo, en 2012 pude comprender la razón. Fui testigo de que la colaboradora en labores del hogar de mi familia tuvo que volver a su pueblo. La instrucción era que debían ser contados en su lugar de nacimiento para favorecerse de los recursos de impuestos. De esa forma pude entender el pasaje bíblico anterior.

Antiguamente los censos se usaban principalmente para contar la población. Ese fue el caso de los censos que ocurrieron entre 1831 y 1900. Este último es famoso más que por sus cifras, por sus afirmaciones, hoy totalmente controvertidas y ofensivas. La más dura es aquella que veía como beneficio el estancamiento de “la raza indígena, incluyendo los salvajes” respecto a 54 años antes, atribuyéndoles exclusivamente a ellos el retraso económico.

Los censos de este siglo no están exentos de discusión mediática. En 2001 la inclusión de la pregunta de identificación con pueblos indígenas generó una discusión sociológica y política, al igual que su disminución en el siguiente censo. Y, en 2012 fue la divergencia entre los resultados preliminares y oficiales, con las repercusiones en participación política y presupuestaria.

Estas semanas hubo también mayor discusión por la sugerencia del Instituto Nacional de Estadística (INE) de retrasar el censo al año 2024, pese a que estaba programado para 2022. Al respecto deseo compartir algunos criterios para esta decisión clave.

En 2012 el INE de Chile efectuó también el censo de población, “el más moderno de Latinoamérica” según algunas de sus autoridades. Una de sus particularidades es que no era un “censo de hecho” como otros países donde en un solo día se empadrona a la población, sino un “censo de derecho” que dura unos meses, algo que impediría que las personas vuelvan a su lugar de origen.

Sin embargo, los resultados contradictorios crearon dudas al respecto y una auditoría internacional detectó fallas. Desafortunadamente, el censo tuvo que anularse y repetirse en 2017 con los costos económicos y de formulación de políticas públicas sin criterios válidos.

La ventaja de un censo de derecho (el que dura unos meses) es que además puede hacerse con encuestadores preparados, que es mejor que varios voluntarios que, por muy bien intencionados, no generan información fidedigna.

Recuerdo que a mí me contaron dos veces: una en La Paz y otra en Santa Cruz porque me encontraba en un viaje al exterior, pese a que le dije al segundo encuestador que no procedía, un joven entusiasmado, pero sin los criterios más adecuados.

De los resultados del siguiente Censo dependen por lo menos tres aspectos: i) la representación política; ii) la participación presupuestaria; y, iii) la formulación de políticas públicas. Un censo mal hecho generará problemas en estos tres aspectos. Pero también el retraso en el censo implicaría subrepresentación, desigual distribución de recursos y políticas económicas mal formuladas.

El Centro Latinoamericano de Demografía (Celade), que coadyuva a los centros de estadísticas, creó un grupo de trabajo con países latinoamericanos que estén por hacer censos. En general, la pandemia retrasó estos operativos, según el punto de avance en el cual se encuentre cada uno, pero no es insalvable.

En síntesis, se debe preparar la ruta crítica con asesoramiento del Celade, actualizar la cartografía, así como crear una comisión técnica que promueva que el censo se realice bien y cuanto antes.

Sino tendremos “otro 2019” para discusión y división.

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