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Una de las cuestiones que más preocupa a cualquier país es la pobreza. Existe un consenso a escala mundial sobre la lucha contra la pobreza, tanto así que es el primer Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas.

Y en el ámbito de los profesionales económicos también tenemos el mismo acuerdo, mientras que las diferencias de criterio son evidentes cuando discutimos sobre desigualdad.

Reducir la pobreza es equivalente a incrementar la riqueza, una dicotomía que ha sido clave para la ciencia económica. De hecho, es llamativo que su texto fundacional sea un libro titulado Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones del filósofo político Adam Smith, publicado en 1776. Para cambiar algo necesitamos definirlo y medirlo.

La forma más sencilla es estableciendo un nivel de ingreso por debajo del cual una persona no puede tener un nivel de vida adecuado. Por ejemplo, en 2018 quienes tenían un ingreso menor a Bs 782 en el área urbana eran pobres y menos de Bs 413 extremadamente pobres.

Con este criterio, el 15% de la población vivía en pobreza extrema y el 35% en pobreza moderada. Otra forma más amplia de medir es a través de Necesidades Básicas Insatisfechas.

Bajo este criterio, un pobre carece de una adecuada vivienda, energía, educación y salud. Puesto que requiere más información, usualmente se calcula junto con los censos poblacionales. En 2012, el 35% vivía en pobreza moderada y un 10% en extrema e incluso indigencia.

Y otro indicador aún más completo es el de Pobreza Multidimensional, calculado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Mide tres dimensiones como son educación, salud y nivel de vida, mediante 10 indicadores que van desde nutrición hasta las posesiones de un hogar.

Los datos más recientes reportan un 20% de hogares con pobreza y un 7% con extrema pobreza. Por tanto, según el enfoque que se utilice, en torno al 10% de la población vive en pobreza extrema y entre el 20% y el 35% en pobreza moderada.

Podríamos inferir de manera general que al menos un tercio de la población vive en pobreza, por debajo del 80% observado en los años setenta. Un detalle interesante es que la mayor parte de la población pobre, tal como lo señala Lykke Andersen del centro de estudios Inesad, no se sitúa en lugares alejados sino en las principales metrópolis o en su cercanía.

Para ser más específicos Cochabamba, Santa Cruz y El Alto. Entonces, ¿cuáles son las causas? ¿Cómo podemos luchar contra este flagelo? Tal como lo dicen Wayne Grudem y Barry Asmus en La pobreza de las naciones, la única solución permanente es la creación de nuevos bienes y servicios; es decir, la generación de riqueza.

Para eso, se requiere que todos los que habitamos en este suelo podamos contribuir de forma voluntaria y en un marco de respeto con nuestro trabajo, emprendimiento e ideas en las empresas a generar actividad más económica, amparados, protegidos e impulsados por un estado que procure facilitar este aporte con las condiciones adecuadas.

También son recomendables políticas focalizadas y basadas en la evidencia, que permitan a los pobres a superar las carencias de forma permanente, como las cientos de experiencias exitosas de Esther Duflo y Abhijit Banerjee en el laboratorio contra la pobreza JPAL de la casa superior de estudios MIT de EEUU.

Para eso se requieren instituciones sólidas y fuertes, tal como lo señaló en el siglo XX el premio nobel Douglas North y lo enfatizan actualmente con mayor rigurosidad científica Daron Acemoglu del MIT y James Robinson de la universidad de Chicago. Por tanto, la carencia más importante, o la auténtica pobreza, es la falta de una institucionalidad adecuada. Hoy sabemos que en este aspecto nos encontramos en el puesto 129 de 140 países según el Foro Económico Mundial.

Y no es nuevo, pues en 1877 el geógrafo George Musters señalaba que la verdadera causa de la pobreza en Bolivia radicaba en la falta de oportunidades por mala institucionalidad. Por tanto, nuestro mejor regalo a Bolivia: construirla en unidad por el bien común.

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