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La avaricia

Oswaldo Ulloa Peña 30/6/2021 05:00

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La avaricia es una pasión degenerada del ser humano, porque representa las ansias de riquezas materiales por encima de los valores morales y espirituales que subsisten más allá de la existencia terrenal. La ansiedad por obtener bienes materiales desvía el accionar recto del hombre y enferma su cuerpo mental y material pero, jamás puede afectar el cuerpo espiritual, porque para este no valen las cosas materiales ya que el espíritu al desencarnar del cuerpo material vuelve al seno del omnipotente donde no se mide el tiempo ni se valora las cosas temporales.

En el mundo espiritual solo se vive en la eternidad y se llevan los buenos recuerdos, los momentos agradables y la felicidad. La fe, el amor al prójimo como asimismo, la solidaridad, la empatía, el respeto, los buenos modales, la ayuda mutua y no dañar a nadie es lo que debemos practicar en vida con sentimiento puro y verás. El avaro siempre será desleal contra su propio ser interno y con los demás porque la perfidia es su orquesta sinfónica de accionar. Es capaz de traicionar al propio mandinga con tal de conseguir su propósito, para luego deleitarse en su salsa condimentada con la ingratitud, tozudez y despotismo.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo hizo perfecto, le insufló el espíritu divino y lo convirtió en alma racional capaz de distinguir entre el bien y el mal. Sin embargo, el propio ser humano se ha convertido en el auriga que conduce equivocadamente el carro cochero al abismo. Es el rufián que golpea con su látigo la lealtad humana.

Él con su angurria de poder y su creencia inconsecuente de superhombre, es el leño torcido por su arrebato codicioso que desvaría la rectitud de su corazón y, ataca a quemarropa con acusaciones infundadas y miente a diestra y siniestra con tal de hacerse notar como el paladín de la verdad para granjearse la simpatía de moros y cristianos. Sin embargo, la sociedad es culta y sabe observar entre la verdad y la mentira de una mente sin cordura y ambiciosa para aferrarse y continuar en el laberinto del poder palaciego sin permitir la alternancia en la función pública que es básico en la democracia contemporánea.

En el campo político, la avaricia se manifiesta en las ansias de mantener el poder aun en contra de los dictados de su propia conciencia y del imperio de la legalidad. El avaro, en el ejercicio del poder malintencionado destruye la probidad moral porque cree erróneamente que las instituciones le pertenecen lo cual es una barrabasada deshonesta y tóxica. El esclavo de la codicia trata de destruir a las demás personas, abusa del poder y comete ilegalidades, manipula, presiona y engaña, descalifica las leyes y resoluciones y las trata de cambiar para su beneficio personal.

El avaro corrompe su espíritu, se enferma mental y físicamente y sus dolores le harán vomitar su avaricia. La función pública debe ser creativa, propositiva, responsable, eficiente e inspirar confianza. La sabiduría se democratiza y hay que dar paso a nuevos actores con nuevas ideas y proyectos en la gestión pública para beneficio colectivo.

Oswaldo Ulloa Peña / Vicerrector - UAGRM

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