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14 de septiembre de 2017, 4:00 AM
14 de septiembre de 2017, 4:00 AM

El concepto de ‘banalidad del mal’ fue desarrollado por Hannah Arendt para entender el origen del mal, en la falta de reflexión. Arendt plantea que la pertenencia a un sistema y la obediencia incuestionada, derivarían con facilidad en crímenes horrendos. En este planteamiento, no se intenta exculpar a quienes fueran responsables de los actos cometidos, ni tampoco satanizar los sistemas. Sin embargo, pone en evidencia cómo el mal puede ser desarrollado por cualquier persona (considerada normal) por la sola falta de conciencia y actitud crítica frente a sus actos.

¿Cuáles son las lógicas de subordinación y afiliación que determinan la pertenencia y reconocimiento de los otros, en qué medida esa necesidad de reconocimiento nubla nuestra autonomía? ¿Cómo es que de pronto nos convertimos en seres irreflexivos, seres pensantes, que eligen desarrollar una ceguera casi voluntaria de la realidad y de la conexión de nuestros actos con ella? ¿Hasta dónde hacer lo que los demás hacen o las autoridades establecen que es hacer lo correcto?

De a poco enlistamos filas de indiferencia, intolerancia y corrupción. Nos adherimos a ellas por conveniencia o por resignación. Vivimos en un país violento, caótico, en el que el principio a defender es el beneficio personal a rajatabla y la ley del más fuerte es la que se impone como media. Cuestionar el orden vigente, tomar conciencia del impacto de nuestros actos, hacernos parte integral del sistema con la responsabilidad que implica, es tarea necia ante el ritmo y demanda de vida del sistema.

Crímenes horrendos, como la muerte de Édgar Moya, pasan a ser tinta de la crónica roja, luego de un breve exabrupto social; la muerte por desnutrición de un adolescente de 13 años en Llallagua pasa desapercibida; la condición de esclavitud por 40 años de Tomasita Machaca en La Paz queda como la excepción de una realidad social prevalente en Bolivia. La corrupción flagrante de un alcalde en Achacachi, aferrado al poder, protegido por el interés de una rosca de poder; la usurpación de poder, tras un alcalde monigote que clama por los valores de la familia y la religiosidad, mientras manosea, violenta a mujeres a diestra y siniestra, solo porque puede.

Se nos ha hecho tan trivial saltar la norma, que atropellar al otro se ha reducido a una mera banalidad. 

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