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26 de marzo de 2017, 4:00 AM
26 de marzo de 2017, 4:00 AM

Muchos de nuestros padres nunca pisaron la universidad, pero creyeron a rajatabla en la educación de los hijos. Que los hijos se profesionalizaran era la ambición máxima de los padres latinoamericanos de la anterior generación, seguros de que la educación era la vía a la estabilidad económica y al ascenso social.

Lo que no imaginaron fue que el siglo XXI y la economía neoliberal traerían consigo la devaluación de los títulos universitarios y la precarización del trabajo asalariado. Otra clase social nacía con el nuevo siglo: el precariado, ese conglomerado compuesto por grupos tan diversos como los pasantes, los profesionales jóvenes, los trabajadores free-lance, los inmigrantes, los trabajadores a medio tiempo y todos aquellos que se quedaron fuera del viejo sistema del proletariado industrial. Este grupo está estancado en trabajos inestables que pagan poco y exigen muchas horas extras impagas, o que no ofrecen beneficios sociales, y sin embargo la autoayuda empresarial les dice que sonrían y que se esfuercen más, que practiquen con ahínco aun mayor el pensamiento positivo. 

Buena alumna (editorial Minúscula, 2016), el brillante primer libro de la argentina Paula Porroni, es una novela sobre el precariado. Y su tono no es el del pensamiento positivo, sino el de aquello que se cuece abajo: el resentimiento, la ansiedad, el odio y la competencia más feroces. La protagonista es una mujer que sale de una Argentina en crisis para regresar a la misma ciudad de Inglaterra donde se encuentra la prestigiosa universidad en la que estudió historia del arte años atrás. Sus días están dedicados a la búsqueda de un trabajo acorde con su educación y sus expectativas, y mientras tanto, desde Argentina, la madre le transfiere dinero y la controla; esa relación perversa madre-hija es uno de los muchos puntos altos de la novela.

La búsqueda de trabajo, desde el comienzo, está signada por el fracaso. En Inglaterra los buenos trabajos son para los ingleses de nacimiento y para los hijos de familias adineradas, no para inmigrantes tercermundistas. Y ella se aferra con obstinación a sus aspiraciones de clase (gasta el dinero de la madre en lujos innecesarios, como quesos de Francia y agua mineral de los Alpes), aunque ahora viva en pisos baratos y lúgubres compartidos con otros extranjeros: “Solo hay empleos como profesora de lengua, que inmediatamente descarto. Enseñar idiomas es humillante. Es lo que hacen las personas no preparadas. Las que no tienen talento ni educación”.

Para la narradora, el mundo se divide en ganadores y perdedores, en propietarios y en rentistas, en los que humillan y en los que son humillados, en anfitriones y en huéspedes. Que alguien se ubique en uno u otro extremo depende, según la narradora —y a través de ella hablan el capitalismo y la autoayuda empresarial— del esfuerzo, de la disciplina y de la voluntad individuales. Por eso, contra el olor contagioso del fracaso, ella se esfuerza y estudia hasta desfallecer. Y se castiga. Porque la buena alumna no vuelca su frustración contra la rígida división de clases británica sino contra sí misma: “Perdedora. Perdedora. Perdedora. Basura. Sos menos que nada.

Y entonces me asfixia el deseo, tan grande, tan inmensamente poderoso, de mutilarme hasta el fin y también de volver a estudiar”.

En Buena alumna no existen gestos de solidaridad, ni siquiera entre los que están abajo. Lo que hay es vigilancia, envidia, competencia. En una escena, la protagonista conversa con su casera, una italiana que da clases de arte en una universidad poco prestigiosa y que está prematuramente envejecida por el trabajo. “A veces… A veces me siento muy sola. No sé. Estoy cansada. ¿Vos no?”, le pregunta la casera. Y la buena alumna, que ve su propio reflejo en la italiana, se defiende de inmediato: “No, no estoy cansada”, responde.

Lo que la protagonista quiere es subir en el escalafón social, borrando, si es posible, su propia condición latinoamericana, los trazos de esa otra lengua y ese otro acento que la delatan como inmigrante: “De haber podido, habría dejado que la nueva lengua royera a la vieja. Como un ácido que desintegra”, dice. La narradora admira y resiente a Anna, su amiga inglesa a quien todo se le da sin esfuerzo. Anna —hija de un padre millonario— hace documentales, vive en un bonito piso en Londres, tiene un novio que enseña en la universidad y puede darse el lujo de renunciar a su trabajo porque está aburrida para irse un año a Japón.

La narradora espía a Anna por Facebook, quiere vivir la vida de Anna, o mejor aún, ser Anna, y por eso se inmiscuye en su casa e incluso llega a usar el vibrador de su amiga. Suplantar a Anna es una forma de dejar atrás a la patria y a la madre, que la espera “para que nos resequemos juntas, en el interior de su casa perfecta. Inmaculada”. 

Al final, regresar a la universidad con una beca de posgrado se presenta como una alternativa más digna al fracaso laboral y al retorno a Argentina. Si antes la universidad servía de garantía para encontrar trabajo, ahora extender ad infinitum la condición de estudiante es un paliativo ante la ausencia de oportunidades de empleo. Buena alumna es una ácida, tensa y lúcida novela que ahonda en la crisis económica de estos tiempos. Pero también es una novela sobre la alienación y el resentimiento, ese estado de ánimo de nuestra época 

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