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Por: Ronald Tineo

Cuando me enteré por un reportaje realizado por el Diario Mayor dónde quedaba ubicada la casa del “caudillo”, de inmediato fui a conocerla por dentro, porque por fuera ya la conocía de antiguo.

Y presumo que también muchos la conocen, pero han pasado de largo todo este tiempo porque ignoran su importancia histórica. 

Una vez adentro, y acompañado de mi amigo Marco Antonio Moro, tanto o más ‘ibañista’ que yo, nos sacamos cada uno fotografías al pie del centenario y copudo árbol de Motoyoé, de tallo robusto, que se yergue rebosante de vitalidad en el tercer patio de la vieja casona, bajo cuya sombra se cobija un comedor popular, solo que los comensales piensan que se trata de un árbol cualquiera, excepto por sus proporciones colosales.

En Santa Cruz dudo que se encuentre otro del tamaño y antigüedad del ejemplar de referencia y hay que preservarlo a como dé lugar, porque también es otro referente histórico.

Nuestro municipio se ha esmerado en colocar plaquetas de mármol blanco en el frontis de las casas donde antaño vivieron notables cruceños como Gabriel Rene Moreno, Dionisio Foianini, los hermanos Humberto y José Vásquez Machicado y otros, pero se le olvidó hacer lo propio con la casa del caudillo donde probablemente vivió a salto de mata acosado por la oligarquía de la época que le reprochó dos cosas: haberse declarado igualitario con los de ‘abajo’ y su supuesta bastardía, como se lo encaró don Antonio Vaca Díez, su adversario político y “un personaje bien quisto en los ambientes sociales”, al decir del historiador Hernando Sanabria Fernández.

Tal como se procediera con la casa, llamada El Altillo de la Beni, donde vivió el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, el Concejo Municipal, después de calcular costos y otros aranceles, debería dictar la correspondiente ley declarando la expropiación de la que fuera casa de Andrés Ibáñez, por necesidad y utilidad pública, y transformar la vieja casona en museo histórico, donde propios y extraños, la visiten y conozcan la historia auténtica y no falsificada del caudillo, que antes que federalista, fue igualitario, según lo prueba el hecho de haber instalado en 1876 un gobierno provisional de corte socialista que duró cien días, cumpliendo fielmente con el principio altamente social de igualar para arriba.

A él se le atribuye la frase que lo identifica plenamente: “La igualdad con la propiedad-decía- es el desiderátum de la ventura de los pueblos”. Por esta su filiación social fue considerado por sus enemigos de clase, como un subversor del orden público, maldición de Bolivia y de todo el continente. (Amanecer en rojo, Pilar Mendieta Parada y Igenia Bricdikina, p. 41).

El museo también permitirá conocer que Andrés Ibáñez, siendo secretario del doctor Tristán Roca, firmó en 1864 el decreto prefectural de creación de la bandera cruceña, y aclarar en definitiva si fue creada de origen con los colores verde y blanco, es decir, con dos franjas, y no con tres, como actualmente la conocemos. La Gobernación debe divulgar el texto íntegro del decreto de referencia para que el pueblo lo conozca y se despeje cualquier duda.