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11 de febrero de 2017, 4:00 AM
11 de febrero de 2017, 4:00 AM

Apropósito de los 11 años frente a los 180 de gobiernos bolivianos, es cierto que quisiéramos ser como Suiza, aunque el 90 y pico por ciento de la población no sepa cómo es ni dónde queda; tener la educación de países como Finlandia o Islandia; alcanzar la producción tecnológica de Japón o, más cerca, de Costa Rica; en fin, todo lo mejor. Pero también es verdad que, en todos esos años, ninguno de nuestros gobiernos se ha propuesto marcar y seguir etapas hacia las metas que nos conduzcan a ese destino y fisonomía, pese a las ventajas de nuestra ubicación geográfica, a la diversidad territorial y a una población reducida respecto de los países referentes. 

La mayoría del país sigue en la misma situación de hace tantos años, pese al millón de ciudadanos que se incorporó a la clase media por la vía de la burocracia pública, el contrabando u otras actividades informales; la población antes invisible y ahora ‘visibilizada’ sigue marginada y excluida de los bienes y servicios, sigue en estado de pobreza y de carencia, sea en el campo o en las calles urbanas. Las grandes razones para ello –desde entonces y ahora– son fácilmente identificables. 

La primera es la cerrazón de mentes y conductas; hacer ‘lo que siempre se hizo’, no aspirar más que a una economía de subsistencia en las familias y en el Estado, extraer hasta el agotamiento las materias primas para venderlas a como dé lugar, usar las mismas y tradicionales técnicas de producción; estrangular y destruir lo que pueda ser innovador, estigmatizar lo exitoso, exacerbar el seudonacionalismo chauvinista con base en el resentimiento y el odio, hacer una fácil victimización para fomentar un caudillismo heroico y un Estado paternalista.

La segunda es la pervivencia del uso patrimonialista del poder, discrecional y orientado al gasto y al despilfarro de los recursos públicos, desatendiendo todas o cualquier otra perspectiva de inversión, incorporación tecnológica, diversificación, industrialización, formación de una mano de obra o intelectual de avanzada, al punto que el único ‘mega’ en nuestro país es la megalomanía gubernamental. Así no vamos a ninguna parte 

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