Opinión

La ciudad invadida

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27 de diciembre de 2018, 4:00 AM
27 de diciembre de 2018, 4:00 AM

Con motivo de las fiestas de fin de año, en Santa Cruz de la Sierra se ha producido, una vez más, la aparición de un numeroso contingente de campesinos de las zonas altas del país, mujeres y niños en su mayoría, ataviados de gruesas ropas con las que estoicamente resisten el sofocante calor propio de estas llanuras. Su presencia en calles y avenidas cruceñas responde a su necesidad de recibir cuanto les sea posible de la sensibilidad de sus semejantes. Después de mendigar un tiempo, vuelven a sus agrestes pagos donde lo que se produce no alcanza para el ‘vivir bien’ que pregona el Gobierno. Dicho contingente ha engrosado filas con limpiavidrios, cleferos, malabaristas, mujeres ayoreas junto a sus críos, ancianos y hasta personas con algún impedimento físico, todos ellos en procura de ganarse el sustento diario. Con tal fin tomaron virtualmente las intersecciones de las principales avenidas cruceñas y sus áreas verdes donde lavan y tienden su ropa y realizan hasta sus necesidades fisiológicas.

Pero el golpe más duro de la invasión urbana lo asestaron miles de vendedores ambulantes que rebasaron el plan municipal para mantener el orden en algunos de los principales y conflictivos mercados públicos. Hasta bordeando las vías férreas se produjeron asentamientos irregulares de los ‘gremiales’, no obstante el grave peligro que implica el desacato de las normas de seguridad. La ‘ley del desorden’ fue aplicada con mayor fuerza sobre uno de los carriles de la recientemente reacondicionada avenida Grigotá. Fue tal el desborde que el paso de vehículos fue obstaculizado completamente y la gendarmería municipal optó por levantar los brazos frente a la marea humana dedicada al comercio informal, en uso y abuso del espacio público.

Otro ‘gremio’ que también suele tomar la ciudad más grande e importante del país es el del transporte, que desde hace décadas resiste obstinadamente los planes de reordenamiento y modernización de sus servicios propuestos por el municipio. Utilizando la presión de un cerco contra la ciudad y que las impávidas fuerzas del orden permitieron, los transportistas consiguieron arrancarle a la comuna un nuevo plazo para el traslado de más de setenta paradas que funcionan ilegalmente en el área urbana, empeorando la de por sí caótica circulación vehicular.

Como si fuera ciudad de nadie, la abierta y acogedora Santa Cruz de la Sierra sufre porque propios y extraños abusan de su cordialidad y le faltan el respeto. Porque parecen brillar por su ausencia quienes, aplicando rigurosamente las normas de una convivencia civilizada, están obligados a hacerla respetar.

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