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18 de septiembre de 2017, 4:00 AM
18 de septiembre de 2017, 4:00 AM

El amor me trajo a Santa Cruz de la Sierra, que antes fuera San Lorenzo de la Frontera; una ciudad que se impuso a otra y que se sigue imponiendo a todos los que llegan buscando la América, al punto de nombrarlos cruceños como fue el arrebato de sus fundadores. Santa Cruz de la Sierra nace en el sueño, y al despertar está allí para nosotros, con sus calles de negro asfalto y sus parques despeinados, con sus amplias avenidas disimuladas por toborochis que florecen en otoño, con sus nuevos barrios de violenta arena y su cielo que alguna vez fue de un misterioso azul intenso. Despertamos en ella y nos provoca a revelarla más allá de las conjeturas, nos incita a recorrer su urbe profunda e inexplicable como la belleza y generosa nos brinda sus íntimos caminos que, como cicatrices olvidadas, esperan que alguien las acaricie para contarle sus historias. 

A esta ciudad me trajo el amor de una muchacha y me quedé enamorado de la ciudad en la que mi familia crece gigante como los mangos, que cada año nos ofrecen nuevos frutos en nuestro jardín. Sé que es inútil intentar poetizar a esta ciudad que se expande como un país y aún no se han inventado las palabras para definirla, aún la poesía está por hacerse como la ciudad misma. No por ser real Santa Cruz es diferente de las ciudades invisibles de Ítalo Calvino, lo es porque en su realidad se parece a todas ellas y a ninguna. En esta ciudad hay casas misteriosas como la de la madre de la muchacha Amada, a dos cuadras de la plaza de los cruceños, una mansión antigua que alguna vez perteneció a un obispo, con tres patios, construida con gruesos adobes, tejas coloniales, pisos de ladrillos cuadrados, con un aljibe al medio, amplias galerías para tender las hamacas y sentarse en grandes sillones de madera; una veterana y prodigiosa mansión cuyas paredes de un metro de espesor protegen a sus moradores de los ruidos de la modernidad. Dejo testimonio de esta ciudad para que mañana otros la miren con mis ojos y sepan cómo era y cómo no era, porque las ciudades, como los seres humanos, son y no son. Dejo testimonio de mi amor por esta urbe de la que, cuando era un pueblito, hace ya un tiempo remoto, salieron expediciones buscando El Dorado y el Paitití. De esta ciudad nada me gusta más que la calle que conduce a mi casa. Santa Cruz de la Sierra, esta ciudad que todos estamos haciendo, no fue mi primer amor, es cierto, pero es el último, y eso es lo que cualquier amante quisiera. Esta es la ciudad que me habita. 

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