Edición Impresa

La coca maldita

Adhemar R Suárez Salas 5/3/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Esta planta sagrada de los antiguos incas, tan valiosa como el oro y la plata, se utilizaba en las ceremonias religiosas y como vigorizante.

Una antigua leyenda andina cuenta que Kuka era una mujer de belleza tan extraordinaria que nadie en todo el Imperio podía resistirse a su atractivo. Sabedora de su poder, este personaje mitológico se aprovechó de los mancebos que caían fulminados bajo su embrujo, hasta que la fama de sus malas acciones llegó a oídos del Inca, quien ordenó sacrificarla y enterrarla después de partirla en dos. Allí donde “sembraron” su cuerpo nació una planta de propiedades excepcionales, que revitalizaba a los hombres y mitigaba sus penas. De nombre le pusieron coca, en honor a la bella joven.

Este arbusto puede alcanzar más de dos metros de altura. Se distingue por sus flores blancas, un fruto rojo ovoide y hojas lanceoladas, lisas y de color verde brillante. A mediados del siglo XIX, el químico Albert Niemann descubrió cómo extraer de las hojas una sustancia activa que denominó cocaína, lejos de imaginar que tiempo después se convertiría en la más pavorosa industria del terror y la muerte.

La acción de consumir hoja de coca se denomina chacchar o coquear. Primero se hace una pequeña bola con algunas hojas y se coloca en la boca entre el carrillo y las encías. El líquido desprendido por esta bola es el que se ingiere y aporta todas sus propiedades. Para facilitar la obtención del jugo, las hojas se mezclan con la llicta, unión compuesta de cenizas vegetales que actúa como reactor químico para favorecer la salivación. Era común ver a un campesino sacar de la chuspa –la bolsa donde guardaba este producto-, mientras dice a su compañera: “Hermana, masca esta delicia”.

Los encargados de su cosecha eran los mitimaes, poblaciones trasladadas desde otras regiones para tributar al Inca con su trabajo. Estas gentes a veces no se aclimataban al nuevo ambiente y caían víctimas de graves enfermedades endémicas. Juan de Matienzo escribió en 1567 que seis de cada diez morían, afectados principalmente por el “mal de altura”.

El Inca Garcilaso de la Vega, por su parte, recoge el siguiente diálogo entre dos españoles, un caballero y un peón: “¿Por qué comes cuca, como hacen los indios, cosa tan asquerosa y aborrecida por los hispanos?”. A lo que el otro, que llevaba a cuestas a su hija de dos años, replicó: “En verdad, señor, que no la abominaba yo menos que todos ellos, más la necesidad me forzó imitar a los nativos y traerla en la boca; porque, les hago conocer que, si no la llevara me fundiría”.

La hoja de coca fue, por tanto, un arbusto sacratísimo y un bien de prestigio para los incas, y objeto económico entre los conquistadores. Hoy es un hábito y un símbolo; el de la lucha de las culturas andinas por preservar sus tradiciones y su modo de subsistencia. Su consumo es mínimo frente al auge exponencial en la producción, transporte y comercialización como fuente de riqueza frenética, haciendo trizas valores y principios morales. Nada ni nadie ha podido detener la frenética danza de la muerte liderada por la “coca maldita”.



Comentarios