Opinión

La Comisión de la Verdad

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31 de agosto de 2017, 4:00 AM
31 de agosto de 2017, 4:00 AM

La creación de la Comisión de la Verdad renueva la esperanza de cicatrizar heridas colectivas aún abiertas. Si bien hay voces preocupadas por el alineamiento oficialista de sus miembros se confía en la ecuanimidad y el prestigio de algunas personalidades que la conforman. Su creación, era una asignatura pendiente para esclarecer hechos, promover justicia y reparar el daño producido por violaciones extremas a los derechos humanos durante varios gobiernos instalados entre 1964 y 1982. 

Estas comisiones investigan pero no juzgan y son hoy referente internacional en materia de derechos humanos. No obstante, hay dudas.  No pasó desapercibida la exclusión de un sector de las victimas (sobrevivientes) hace años parapetado frente al Ministerio de Justicia exigiendo la comisión de la verdad, la reparación universal del daño provocado en sus vidas por la violencia dictatorial y la desclasificación de los archivos militares de esa época.  

Su creación es el eslabón que faltaba tras una serie de iniciativas importantes pero insuficientes gestadas desde la instauración de la democracia en 1982, destacando entre ellas el juicio de responsabilidades a García Meza y a otros jerarcas de ese régimen y la ley de resarcimiento a las víctimas de violencia política sancionada durante el estigmatizado primer ciclo de la democracia (neoliberal) y que este Gobierno pudo ampliar en este tiempo de bonanza.  

Son 33 las comisiones creadas en países golpeados por cruentas dictaduras, conflictos armados y guerras civiles antes de instaurarse la tercera ola democratizadora de la historia en la región y el mundo. Una pionera fue la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, creada en 1995 por Nelson Mandela tras décadas de lucha contra la violencia impuesta por el régimen del apartheid en Sud África. Fue un modelo inspirador de reparación y esclarecimiento, pero tuvo detractores. Resultaba difícil asimilar el espíritu reconciliador implantado por el arzobispo Desmond Tutu, quien a la cabeza enarbolo el lema de que: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”. 

La llegada de la comisión de la verdad coincide con el apogeo de la “pos verdad”, que gana un sitial en la reflexión política al constatar que la formación de la opinión pública depende más de afinidades y emociones personales que de elementos objetivos y verificables. La pos verdad se instala en el reino del espectáculo político, de la crisis de la justicia y de adicción a discursos encendidos que alimentan mitos y medias verdades. Eso sí es preocupante, ya que reconciliación y verdad parecieran malas palabras.  

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