Opinión

La cuarta revolución

William Herrera Áñez 2/5/2020 21:56

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Los avances tecnológicos impuestos con la llegada del Covid-19, han acelerado lo que se conoce como la cuarta revolución industrial. La primera revolución fue el comportamiento del consumidor ante los cambios sociales, económicos y tecnológicos; la segunda, fue precisamente la irrupción de las nuevas tecnologías caracterizadas por la movilidad, la hiperconectividad, la explotación de los datos, la inteligencia artificial y el desarrollo e infraestructura innovadoras, como el blockchain o la computación en la nube; y la tercera, la creación de nuevos modelos de negocios que surgen del mundo digital.

La digitalización es uno de los componentes de la cuarta revolución industrial, que sirve como instrumento para elevar la calidad de vida de los ciudadanos. Por cierto, las tecnologías de la información y la comunicación deben convertirse en un medio para impulsar, implementar y desarrollar políticas públicas efectiva que promuevan: a) un sector empresarial moderno y digitalizado; b) el desarrollo de la industria de las TIC; c) tener un gobierno digitalizado; d) un sistema educativo público y privado que se adapte a los nuevos cambios; y e) propiciar una cultura de la digitalización en todo el país.

 En la mayoría de los países de la región, estos cambios han tenido distintas velocidades y falta recorrer un largo camino en procura de la modernización del Estado. Para la elaboración de una adecuada agenda digital, primero debe conocerse el estado actual en que se encuentra Bolivia en la materia, para evaluar cuál es el grado de avance en torno a la cuarta revolución industrial. A partir de esta auditoría general, y conocer nuestras fortalezas y debilidades, se debe valorar el fortalecimiento y actualización de la normativa existente, así como la emisión de nuevas leyes que beneficien a la sociedad.

En otros países ya trabajan con la agenda digital o proceso cíclico e interactivo entre diferentes actores y sectores de trabajo motivados por una sola visión. Una agenda digital atiende aspectos más allá de la implantación de tecnologías y digitalización, ya que sirve como plataforma de la cual nacen iniciativas públicas y/o privadas, para alcanzar metas establecidas y acordadas entre los actores, que van desde planes de gobierno electrónico hasta planes de conectividad e infraestructura, y por eso se convierte en una política pública y en un compromiso del sector privado.

Los componentes básicos de una agenda digital son: a) gobierno electrónico; b) conectividad al máximo; c) marcos normativos; y d) economía digital. Para cada una de estas dimensiones se ha creado una serie de objetivos, acciones, metas y recursos. Las estrategias de gobierno electrónico han demostrado ser un catalizador del desarrollo digital de los países, por cuanto facilitan los trámites, la inversión, el acceso a la información, y desarrollan las habilidades digitales, entre otros aspectos que impactan directamente sobre el sector empresarial y social del país.

La organización de las Naciones Unidas ha reconocido que el servicio de internet y la digitalización de todos los servicios públicos y privado no sólo se ha convertido en un derecho humano básico y fundamental sino también un instrumento clave para el ejercicio de otros derechos como los económicos, sociales, políticos y culturales. El acceso oportuno, simplificado y a bajo costo, permite a los ciudadanos mejorar sus condiciones de vida.

La conexión a internet resulta imprescindible para concretar la agenda digital y la cuarta revolución industrial. Y como se trata de una herramienta básica, el primer desafío del gobierno nacional (en todos sus niveles) será masificar el servicio, facilitar el acceso, bajar el precio y hacer que llegue a todos los rincones patrios. El gobierno electrónico (factura electrónica, firma digital, teletrabajo, expediente electrónico, audiencias virtuales y una infinidad de servicios públicos y privados en línea), ya es una realidad y lo que corresponde es asumir estos desafíos de la cuarta revolución industrial, que han llegado silenciosamente como el Covid-19 y muchos aún no queremos reconocer.