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El Movimiento Al Socialismo está dando señales de inclinarse por el lado oscuro del poder. El que ignora las voces diferentes y hace todo para aplastarlas, el que ejerce autoridad golpeando la mesa, en vez de dialogar con los circunstanciales adversarios políticos. Hay señales inquietantes de dar marcha atrás y de que el presidente Luis Arce y el vicepresidente David Choquehuanca hacen esfuerzos para parecerse más a Evo Morales que a Nelson Mandela, entendiendo que ambos son antípodas en el estilo de gobernar países tan lastimados como Bolivia y Sudáfrica.

La amnistía solamente a los afines al MAS y el más duro castigo solamente para los opositores no es señal de justicia, sino de venganza. Un afán de mostrarse duros y firmes ante sus afines, pero abriendo grietas con el resto de la sociedad porque ya Bolivia demostró que no tolera los autoritarismos de ninguna naturaleza.

El presidente Luis Arce, en su discurso el 22 de enero, se jactaba de que su Gobierno buscaba justicia y no vendetta, cuando decía que la investigación sobre los hechos violentos de octubre y noviembre de 2019 iban a ser esclarecidos por una comisión de expertos enviados por la CIDH. Pero, lejos de esperar resultados de las indagaciones que continúan, el partido político, la Fiscalía, el Poder Judicial y el Legislativo ya decidieron quién es inocente y quién es culpable. Por supuesto, lo hicieron sin objetividad, haciendo prevalecer los colores políticos.

El jueves también se conoció que Evo Morales ha instruido que el MAS expulse a todos los militantes que están haciendo campaña por otro partido político. Al parecer, le duele que Eva Copa arrase en la intención de votos de El Alto y que a los candidatos que él impuso no les esté yendo muy bien.

Como una temible coincidencia, el mismo día un juez dispuso que la Policía paceña debe recuperar la sede de Adepcoca para entregarla a los partidarios del MAS. Dirán que es otro poder y que el partido oficialista nada tiene que ver, pero ese argumento se debilita a la luz de la trayectoria de los últimos tiempos, cuando la justicia fue articulada para mantener a Evo Morales como presidente y para someter a los opositores. Nada ha cambiado desde entonces.

Luis Arce y, sobre todo, David Choquehuanca ganaron el 55% de los votos en la elección nacional, obtuvieron el respaldo de una ciudadanía que los empoderó confiada en que se podía tener un gobierno incluyente para todos los bolivianos, independientemente de la tendencia política. Pero ni han pasado siquiera 100 días y ya hay muestras de autoritarismo e imposición desde los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial.

Los gobiernos fuertes son los que se apoyan en la negociación y el diálogo. La imposición de consignas radicales son más una señal de debilidad que de fortaleza.

Ya tiene que pasar el tiempo de la división y de sembrar el rencor entre los bolivianos. Ese es un desafío histórico que aún puede asumir el mandatario de todos los ciudadanos. No cabe la menor duda de que la coherencia, la capacidad de escuchar y de atravesar la tormenta actual con gestión favorable para el conjunto son la llave para mantener y acrecentar el respaldo de las urnas. Que no se equivoque el Gobierno. Hay un rol histórico que cumplir.

 



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