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1 de septiembre de 2018, 4:00 AM
1 de septiembre de 2018, 4:00 AM

Periódicamente, surgen llamadas de atención sobre la desigualdad, sobre todo económica, en una gran mayoría de los países. De igual manera, se pone el énfasis, de manera recurrente, en la grave cuestión de la pobreza. En los últimos años, varios países, en particular los latinoamericanos, han logrado una significativa reducción de la pobreza. Pero, al mismo tiempo, su esfuerzo para reducir la concentración de la riqueza en pocas manos ha sido vano.

Se quiera o no se quiera ambas cuestiones están conectadas. Esto no significa que, por fuerza, un fenómeno conduce al otro. Es fácil constatar que, en muchos casos, la reducción de la pobreza coexiste con una elevada concentración de la riqueza. Es por ello que algunos analistas se esfuercen en tratar de determinar cuál de los dos es el verdadero y urgente problema social. Según Bryan Lufkin, comentarista de la BBC, “el abismo entre ricos y pobres nunca ha importado tanto” y para algunos investigadores “la disparidad de ingresos en sí puede no ser el principal problema”. En todo caso, la “injusticia” y la “pobreza” son tal vez las verdaderas cuestiones que reclaman respuestas apropiadas.

Christina Starmans, sicóloga de la Universidad de Yale, que condujo una investigación especial sobre comportamientos en diversas colectividades, sostiene que es “incorrecta la percepción pública de que la mayoría está en contra de la desigualdad en la riqueza” y que “lo que realmente preocupa es la injusticia”. Coincidiendo con ella, Nicholas Bloom, profesor de economía de la Universidad de Stanford, piensa que “una sociedad donde no exista pobreza parece algo utópica” y si una sociedad “es igualitaria pero injusta, entonces corre el riesgo de colapsar”. Vale decir que la injusticia – o la falta de equidad – en las reglas sociales y en el comportamiento puede provocar un mayor y más desafiante malestar social que la percepción de una sociedad poco igualitaria.

Para otros analistas, el principal problema a ser abordado, es el problema de la pobreza. Participan de este punto de vista, inclusive, algunas corrientes políticas conservadoras. Jonathan Rauch, de The New York Times, rememora un pensamiento de Margaret Thatcher al responder, en 1990, a un legislador del Partido Laborista que llamó la atención sobre la “creciente desigualdad”. La primera ministra enfatizó que los ingresos de todos estaban mejor que en 1979, al comienzo de su mandato. “Lo que está diciendo el honorable parlamentario – añadió – ¿es que preferiría que los pobres sean más pobres con tal de que los ricos sean menos ricos?”. Esto significa que para el gobierno conservador de entonces la “pobreza es un problema social”, mientras que la “desigualdad como tal no lo es”.

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