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OPINIÓN

La dimensión ética en la universidad

Carlos Dabdoub Arrien 15/7/2020 03:00

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Se dice que la universidad tiene como función la docencia, la investigación y la interacción social. Con el actual modelo de enseñanza por ‘competencia’ que venimos desarrollando, además de los saberes: “saber” y “saber hacer” (aprender haciendo), está el “saber ser”, que incluye aptitudes, deberes, guías de comportamiento y valores universales (justicia, libertad, equidad, igualdad, honestidad, gratitud, etc.). Todo ello constituye la ‘eticidad’ imprescindible para ejercer la buena profesionalidad, una asignatura pendiente en el perfil profesional actual, puesto que éste aprecia casi siempre la formación académica desde una perspectiva tecno-económica, que responde únicamente a las demandas de un mercado cambiante y competitivo.

Varias líneas se han trazado para que la Universidad sea un centro de “ejemplaridad ético- social” (Entralgo, 1978), una es enseñar la verdad o al menos, lo que puede ser verdad, ofrecer una educación respetuosa de la libertad de ideas para aprender a ser intelectualmente libres, un celo permanente por la calidad de lo que se hace y algo muy importante, la responsabilidad social con la sociedad. Todo aquello nos lleva a la creación de una nueva filosofía centrada en la educación humanista, básica e integral (Pérez Muñoz, 2016) y con firmes valores que conducen al bien moral. 

La profesión adquiere legitimidad ante la comunidad de varias maneras, una es la dimensión técnica, que lleva consigo todo el bagaje acumulado en su conocimiento, otra es el deber ético ante la sociedad para servirla desde los saberes de cada profesión (Cortina, 2000). Un ejemplo tangible es el que cumple nuestro colectivo docente y universitarios con los programas de telemedicina, rastrillaje o la Atención Integral al COVID-19, dando cuenta de su vocación y solidaridad ante su pueblo, aún en desmedro de su salud. 

No menos importante que lo anterior es la legitimación social, forjada en la retribución a la sociedad por el bien recibido de una institución educativa, fundada para contribuir al bienestar común. Con el ethos profesional, tiene que ver una tarea decorosa de co-crear un estado de orden y de paz, aportando de la mejor manera a nuestro país, hoy por hoy, marcado por la pobreza, la corrupción, la violencia estatal y familiar y el quemeimportismo de la gente por su ciudad y su salud. Muy bien lo ha dicho Hortal (2000): “La ética profesional queda incompleta y distorsionada si no se enmarca en una ética social”. Todo ello exige un nuevo currículo universitario, apropiado a los momentos actuales. En nuestro caso, los valores que sustentamos son: trabajo en equipo, integridad (eticidad), pasión por lo que hacemos, innovación y sostenibilidad. 

En conclusión, la nueva Alma Mater es una institución formal que tiene la encomienda explícita con la sociedad de moldear mujeres y hombres libres, altamente capacitados, innovadores, honestos y justos, dignos de un país libre, democrático, equitativo, defensor de la madre tierra, conducido por un modelo de gobierno moderno, transparente, ‘en línea’. 

El principal objetivo de la educación debe ser ayudar a las personas a crecer en dignidad (Bueno i Torrens, 2017), dignidad entendida como el respeto que cada sociedad merece por el hecho de ser como es y quiere ser. Esperamos que la CONAVID-19 nos deje sabias enseñanzas, entre ellas promover un periodo fascinante hacia la “transformación de la educación en Bolivia”, un firme propósito que nos anima e ilusiona.