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5 de marzo de 2017, 4:00 AM
5 de marzo de 2017, 4:00 AM

El análisis económico de la actividad carnavalera se puede dimensionar desde dos perspectivas: la existencia de un mercado y la cuantificación de beneficios y costos.
Existe una oferta caracterizada por comparsas, días festivos con expendio de comidas, bebidas, música, entre otros. Por otra parte, existen consumidores que valoran los productos carnavaleros.


El primer principio económico es que el consumidor trata de alcanzar su máximo nivel de satisfacción posible durante los días de festividad, lo que los economistas llaman ‘la maximización del nivel de utilidad personal’, en dos mecanismos: consumiendo productos carnavaleros, así como disfrutando del tiempo de ocio. De manera resumida, a mayor nivel de recreación, el ser humano alcanza su mayor nivel de bienestar como regla general.


Sin embargo, este consumidor se enfrenta a una restricción de presupuesto, donde el incremento en su gasto mensual, se verá reflejado  en la reducción de su nivel ahorro, o inclusive endeudándose; cualquiera que sea la fuente del financiamiento, tiene la implicación que a mayor consumo carnavalero irá en desmedro de menor consumo futuro en otros bienes (puede durar hasta algunos meses posteriores).


Por otra parte, a diferencia del ‘consumidor carnavalero’, existen otros individuos que no valoran estos festejos, porque no les provee ningún nivel de satisfacción o por factores culturales, religiosos o costumbres: la importancia del mercado es la existencia de la libre elección.


En las ciudades donde se reciben turistas, el Carnaval se constituye en una actividad altamente lucrativa, tomando como ejemplo al de Oruro, declarado por la Unesco como Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, donde la actividad hotelera cubre más del 90% de su capacidad.


De igual forma, siguiendo a  Santoro y colaboradores (2014), la medición cuantitativa de la economía carnavalera debe seguir un enfoque  de rentabilidad de inversión, citando como ejemplo, las mediciones del Carnaval en Notting Hill (Reino Unido) con una rentabilidad sobre la inversión del 9%, o el Carnaval de Toronto (Canadá) con una tasa alta de retorno sobre la inversión. 


De forma contraria, en ciudades carnavaleras ‘no turísticas’,  la fiesta se puede conceptualizar como una actividad económica estacional donde existe un aumento temporal de los consumidores. 


Frente a la diferenciación del ‘consumidor carnavalero’ y del que no lo es, surgen los cuestionamientos: ¿deben los gobiernos municipales apoyar o fomentar con recursos públicos a esta actividad? Se toma como ejemplo, los Bs 501.000 otorgados por el Gobierno Municipal de Santa Cruz como premios a los participantes.  


En primer lugar, no es dinero del gobierno municipal: es de los contribuyentes que se está destinando en favor de los que sí les gusta, lo cual es reprochable, porque  probablemente a muchos de los contribuyentes ni siquiera les guste los días de mojazón. 
En segundo, esos recursos pueden ser empleados en otras alternativas más prioritarias (como en salud y educación). 
Tercero, en muchas ocasiones, los gastos municipales en las carnestolendas no tienen retorno social (cultural), ni retorno económico 

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