.

28 de enero de 2023, 4:00 AM
28 de enero de 2023, 4:00 AM

Como toda urbe, Santa Cruz de la Sierra tiene sus problemas. Estructurales, coyunturales, propios y ajenos, tangibles e intangibles. La educación es uno de ellos. El ciudadano, que discurre a pie, en vehículo particular, en transporte público, no se siente bien tratado. Desde que sale de su casa hasta que regresa tendrá que sortear obstáculos de distintos quilates. Porque al transitar y permanecer en los espacios públicos muchas veces se suele vivir ingratos momentos, usualmente por las agresiones que recibe, en forma gratuita y sin disculpas.

Las normas básicas del ciudadano en sociedad no se llegan a entender y por ende a transmitir, dando por hecho que lo que estamos padeciendo es normal y que no asombra, ni asoma la duda siquiera.

El considerar que el espacio es solo mío ya es un exabrupto. No percibir al otro como ser de derechos y perteneciente al espacio público, es otro error. No entender que la ciudad se comparte y de buena manera es otra equivocación provocadora.

El peatón en Santa Cruz de la Sierra, por poner un ejemplo, está tan devaluado e incluso ignorado que debe correr para cruzar una calle o avenida porque lo que le espera es un inminente y brutal accidente debido a un conductor bestial e irrespetuoso, que además si lo embiste huye cobardemente porque sabe que es responsable del delito flagrante. Se juega como se vive y también se conduce como se vive.

Arrojar desechos por las ventanillas o simplemente al caminar es una acción deplorable, una actitud despreciativa y una acción desmedida como para tomarlo tan natural como si nada pasara. Producto de una mala educación que no se sanciona ni se castiga, ni con la mirada reprobatoria del vecino. Incluso quien observe esa mala conducta puede ser objeto de agresión por parte del inadaptado.

A pesar que las autoridades insistieron en convertir durante décadas a la capital oriental en un mercado ambulatorio, la ciudad no lo es. Pocas veces se transmitió el mensaje que el lugar común, la calle, no es un sitio para hacer lo que me dé la gana, sino todo lo contrario, porque es el lugar de todos, donde debe prevalecer la educación y el respeto mutuo.

Los espacios públicos, como plazas, parques, aceras y avenidas, pueden ser sitios de ocio, esparcimiento y aprendizaje sociocultural o ser un basurero público insalubre que nos acosa, enferma o lastima.

La riqueza natural, como el río Piraí, su vegetación, el humedal y la vida silvestre convive con la ciudad y sus alrededores también es atropellada por la mala educación. Lo que no se conoce, no se valora ni se ama. El aire, el agua y la tierra parecieran ser monedas para el desgaste como un bien de uso tangible, cuando hoy nuestras riquezas naturales son degradadas a una velocidad escalofriante.

Mucho por aprender y mucho por enseñar también. Hay que volver a subrayar las normas de ciudadanía reflotando los códigos de urbanidad. Para convivir en sociedad se pone de manifiesto el respeto a todo lo que nos rodea y no pasa de moda.

Es necesario reconocer la ciudad como propia y para todos, reencontrar la identidad del querer pertenecer, cuidar el futuro desde el presente. Una ciudad que necesita desahogarse de sus penurias y volver a habitarse desde su belleza natural. Pinta tu aldea y pintarás el mundo.

Tags