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Si bien el año lectivo se anunció con bombos y platillos y a priori todo marcha como estaba planificado, no se ha realizado ningún balance todavía. Se desconoce si la actividad escolar ha superado o no los primeros escollos que se presentaban. Los tres formatos, presencial, semipresencial y a distancia, fueron lanzados sin medir experiencias porque justificaron que no había tiempo que perder.

El Ministerio de Educación dispuso, en primera instancia, de una plataforma gratuita bajo el nombre de Educa Bolivia, como base de las clases virtuales para colegios públicos y de convenio. Después de las primeras semanas de puesta en marcha, los maestros urbanos reclamaron que el sistema en cuestión se saturaba casi constantemente y colapsaba, debido a la cantidad de usuarios, por ello la dirigencia solicitó la utilización de sus propias plataformas, así como la implementación de otros recursos tecnológicos para continuar con las clases.

La situación sigue siendo controversial desde varios puntos de vista, pero no solo en Bolivia, sino en el mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó, por su parte, que la política debía ser mantener la educación a puertas abiertas, porque la educación remota produce bajas y deserción escolar, con un costo social más alto que el costo epidemiológico, según refiere la OMS. Hoy están cerradas las escuelas en Reino Unido, Portugal, Alemania, en gran parte de Estados Unidos, sin embargo, cabe recordar que están en invierno, sometidos a temperaturas extraordinariamente bajas y no es posible abrir las ventanas, como lo piden las autoridades, para pasar clases.

Algunos especialistas admiten que, a pesar de las medidas de bioseguridad, habrá algunos contagios, pero que vale la pena continuar con las clases.
No es novedad que hay muchos estudiantes que les cuesta estudiar de manera remota, que esto genera desmotivación en buena parte del sector. Sobre todo, en un contexto donde una gran parte no tienen los elementos a disposición, ni las condiciones adecuadas. Muchos en Bolivia tienen una sola habitación o una sola computadora o un teléfono para varios estudiantes. La vida familiar tampoco está del todo “normalizada” en cuestión de horarios y disponibilidad de los encargados del grupo tutor. La complejidad del tema tiene muchas aristas y causa controversias.

Ante la falta de condiciones tecnológicas en sus casas, en algunos colegios se han asignado horarios determinados para que asistan a clase, por ejemplo, tres horas, aunque no en todos los cursos. Otros, en cambio, optaron por días específicos para que asistan y así coordinar, ponerse al día e incluso planificar las nuevas tareas u obligaciones programáticas. Son estrategias que los educadores han dispuesto para que el alumnado no se quede sin clases. El control, el seguimiento y la dinámica están a cargo de los propios maestros; loable labor para reconocer, por cierto. Hoy el objetivo es que ningún alumno quede rezagado en el cronograma de estudio.

El sector se transforma en silencio y sin estridencias en uno de los pilares del presente y futuro del país. Les toca a ellos una mayor atención de parte del Estado, no solo para otorgarle mejores condiciones laborales y herramientas básicas al alumnado, sino también posibilitar un plan especial de vacunación contra el Covid-19 por ser uno de los más expuestos al enfrentarse a nuevas vicisitudes y situaciones de riesgo. Si la educación es la base del desarrollo, fortalecer y proteger a sus promotores y actores principales es una necesidad y una urgencia.

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