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La execrable clase política en Bolivia

29/2/2020 03:00

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Por: Rolando Tellería A.

El intento de imponer los resultados fraudulentos, la resistencia ciudadana -que se gestó desde el 21-F- y la salida del abominable caudillo del poder, después de 21 días de intensa lucha en las calles; dejo, a todos, una trascendental experiencia pedagógica.

A la ciudadanía, que, en adelante, sabe que unida, organizada y articulada puede derrocar a cualquier gobierno abusivo y arbitrario, sea de izquierda o de derecha. La ciudadanía ya no tolerará más, a los malos gobiernos. La exigencia de buenos gobiernos, de hoy en adelante, es su premisa. Incluso más allá de la conducta visceral de las fuerzas tradicionales opositoras al MAS, brutalmente incapaces de responder en las urnas, a lo que consiguió la ciudadanía. El riesgo de perder en las urnas, lo que se ganó en las calles, acecha a los bolivianos por esa brutal estupidez de los necios políticos tradicionales. Con todo, las virtudes pedagógicas para la ciudadanía, de todo el movimiento y lucha en las calles, ha debido ser lo más valioso y destacable.

También, obviamente, el resultado de esta lucha, tiene que dejar significativas lecciones a la clase política. Oficialistas y opositores, han tenido que asimilar que la “rebelión de las pititas” es, en el fondo, el tácito rechazo a esas deleznables prácticas políticas que agudamente envilecieron la política y la democracia en Bolivia.

Esas perniciosas destrezas de disponer los recursos fiscales como si fueran dueños absolutos de los presupuestos estatales, desvirtuando la esencia misma de la política que enaltece, por encima de todo, el interés colectivo, el interés general. Tanto en el ciclo de la democracia pactada, como en el ciclo del “proceso de cambio” -felizmente agotado-, estos políticos gobernaron solo resguardando sus intereses y prerrogativas.

En ambos ciclos, aunque superlativamente en grado mayor en el “proceso de cambio” el uso cínico de bienes públicos y recursos con fines partidarios, individuales y de grupo fue una práctica común. En la ciencia política, esa perversa práctica, se conoce como patrimonialismo. El prebendalisno, esa maña que implica grandes recompensas, en reciprocidad e intercambio, a los grupos (movimientos sociales) que eventualmente apoyan al gobierno; también ha sido habitual e intenso en ambos ciclos. El clientelismo, esa conducta que intercambia puestos públicos a cambio de votos, fue también denominador común.

Empero, de todas esas patologías, la corrupción ha sido el mayor mal de estos políticos, en ambos ciclos. En sustancia, comparten la misma vocación cleptómana. Es voraz el apetito de acumular fortunas con recursos fiscales y enriquecerse con las inversiones públicas. La política es concebida por ellos, en esencia, como un negocio.

A la par de todos estos males, la astucia, los instintos más perversos, las maniobras bajas, artimañas y componendas sucias; también fueron moneda corriente.

Ahora bien, los 21 días de lucha en las calles, no solamente fueron contra el fraude y los intentos de poder perpetuo del caudillo. En el fondo, la ciudadanía harta de todos estos terribles males, se movilizó para un cambio radical, no solo en la política, sino también en lo político.

El contenido de las “pititas”, por tanto, es sumamente amplio y abarcador: no solo significa libertad, resistencia, rebelión, emancipación, organización, unión, integración y resguardo contra los malos gobiernos. Su contenido, también es altamente filosófico, pues en el fondo, lo que se pretende es recuperar la esencia de la política, donde los principios, la ética, la moral y el bien común sean los valores esenciales del accionar y la conducta de la clase política.

Lo que las “pititas” pretenden, entonces, más allá de la rebelión es una verdadera revolución en el comportamiento de la clase política para gobernar con valores y honestidad, en beneficio de todos, sin discriminación alguna.

Estas medulares lecciones, sin embargo, no han sido asimiladas por la execrable clase política en Bolivia. En todos ellos, todavía la ética y la moral, lejos de su horizonte, son conceptos absolutamente abstractos y superfluos. Esto se puede observar, por ejemplo, en el “gobierno de transición” que reproduce exactamente las mismas perniciosas prácticas del anterior gobierno, con ladrones fiscales por doquier. También en las propuestas de las ocho candidaturas. Ninguna de ellas considera ese cambio radical en la forma de hacer política

Dada su infinita estupidez, son incapaces de captar la esencia filosófica de las “pititas”.