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OPINIÓN

La falta de gobierno del Coronavirus

23/3/2020 07:27

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Por:  Roberto Barbery Anaya

Un nacionalista es un sujeto pintoresco que le atribuye dignidad a la casualidad de haber nacido en alguna parte.

El coronavirus lo confirma con creces. Se ríe de las vanidades culturales y de los artificios territoriales que postulan los seres humanos en su narcisismo político.

Pero es imprescindible hacer un análisis del fenómeno, a la luz de este momento en el que la realidad es más increíble que la ficción – dudo que las películas que vendrán puedan reflejar todas las perspectivas que en este mes de marzo de 2020 vive el hombre…del mundo…

La primera aproximación filosófica pone en evidencia que el nacionalismo se ubica equidistante entre dos puntos: el universalismo y la singularidad. Por una parte, en efecto, se ha mostrado invariablemente criminal con el individuo que reivindica valores universales; por otra parte, en efecto, se ha mostrado invariablemente criminal con el individuo que reivindica valores singulares.

El caso es que ahora, el coronavirus, es tan implacablemente democrático, que su falta de gobierno no retrocede ante la estirpe de los mandarines, ni ante los discípulos de la Escuela de Chicago, ni ante los herederos del Imperio Romano, ni ante los descendientes de Bismark, ni ante las sagas épicas de sajones y de vikingos, ni ante los oráculos del invierno transiberiano, ni ante los cultores de la antigua polis, ni ante los que pueden desafiar la suerte con los códigos del Bushido. Tampoco ante los que han crecido leyendo en Sánscrito, ni ante los que son parte del Pueblo Elegido, ni ante los que son cruzados de la Yihad, ni ante los que predican el Nuevo Testamento, ni ante los que son considerados “Animistas” – ni qué decir ya ante las especies nacionalistas que hay en el vecindario, como la sucursal precolombina del “Estado Plurinacional”, alcahuete del “Derecho Humano a la Reelección Indefinida”, o como la sucursal muy solemne del “Cruceñismo”, alcahuete del oportunismo institucional…

Así las cosas, la pandemia que se mueve sin discriminación, parece traer con su desgracia una moraleja: la fragilidad es universal y un nombre propio es singular.

De todas formas, solo cabe añadir que los nacionalismos son, por cierto, inmortales. Igual que la estupidez.

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