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(La falta de) una agenda

Pablo Mendieta 6/5/2021 05:00

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Después de ocho años continuos en el banco central, en 2013 consideré que había terminado una etapa y que debía cambiar ya sea al mundo académico o al sector privado, distintos al ámbito monetario estatal.

Mientras estaba en esa transición surgió una oportunidad laboral en la coordinación técnica de la Agenda Patriótica 2025.

Fue una labor de casi un año bajo la supervisión de César Navarro, de quien lamenté la quema de su casa en Potosí en 2019 y su posterior salida al exterior por lo que representaba como las condiciones de su partida. El equipo técnico que él lideró intentó diseñar un plan coherente para los diversos sectores y, en honor a la verdad, percibí su interés genuino en construir una visión nacional.

En lo personal fue una experiencia maravillosa porque pude ampliar mi conocimiento y experiencias hacia los ámbitos productivo, social, institucional, etc. Además, conocí en primera persona las debilidades y fortalezas del Estado en sus diversos niveles. Me percaté que se requieren estrategias y equipos y no solo metas o personas aisladas, además de institucionalidad.

En lo particular creo que, pese a que sus 13 pilares fueron concebidos arbitrariamente y varias de sus metas no son coherentes, brindó una oportunidad a casi todas las entidades públicas de diagnosticarse, evaluarse, fijar metas y plantear algunas estrategias.

En lo negativo, considero que varios de esos planes no tenían un sustento técnico adecuado y fue diseñado para un contexto positivo. Por otra parte, y como es usual en el sector público en cualquier gobierno, hubo baja coordinación entre los diversos actores, puesto que cada institución pública tenía una visión particular. Tampoco se crearon las capacidades institucionales y técnicas para una concreción correcta.

Hago una remembranza de esta Agenda porque con sus yerros y virtudes, pudo orientar los esfuerzos estatales, a los cuales se sumó también el sector privado como la cooperación internacional.

Algunas de sus metas son indiscutibles como la reducción de la pobreza. Otras pueden ser cuestionables en cuanto a su implementación, como la diversificación productiva que se centra en el sector público y no considera el necesario aporte privado. Y algunas son simplemente irrealistas como triplicar las reservas internacionales.

Es hora de plantear una agenda renovada ya sea al 2025 por nuestro bicentenario o al 2030 para tener consistencia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Se lo debe hacer por varias razones: i) las condiciones mundiales y nacionales han cambiado desde 2014 y, peor aún con la pandemia; ii) existen estrategias que han fallado en conseguir los objetivos planteados; y, iii) no existe, o por lo menos desconozco, un plan ya sea de corto o mediano plazo que guíe las acciones del Estado en su conjunto.

Para ello se debe hacer una valoración de toda la agenda, reevaluando la pertinencia de objetivos y metas, valorando el cumplimiento de las metas trazadas, modificándolas según sea pertinente y, sobre todo, ponderando cuáles son las estrategias que han servido y cuáles no.

También se deben rescatar las mejores prácticas internacionales. Por ejemplo, para la meta de erradicación de la pobreza se tiene que impulsar decididamente el crecimiento económico, pero también políticas focalizadas con evidencia empírica que pueda identificar a los pobres para intervenciones efectivas.

Y es prioritario que se tenga una agenda de futuro, no una que quiera o deshacer los “14 años” o solo lamentarse de los “11 meses”. No tenemos una visión renovada y unificada de futuro con la cual “todos” nos identifiquemos, enorgullezcamos y queramos esforzarnos.

Desde 1942 tuvimos más de una decena de planes que no se llegaron a concretar; y, en el caso de la Agenda 2025, la base técnica quedó como un documento inédito de 656 páginas, a pesar de lo cual tuvo influencia en la política pública.

Necesitamos una buena agenda nacional con miradas regionales y sectoriales y, sobre todo, la determinación de concretarla por el bien común.



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