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La fisonomía del boliviano

Carlos Hugo Molina 24/11/2020 05:00

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Tenemos que aceptar que somos producto de la construcción nacional popular que nació después de la Guerra del Chaco, y que combinó a mestizos, cuentapropistas, urbanos y rurales, viviendo en ciudades y en territorios autónomos, y a personas informales, corporativas, violentas y solidarias.

Para que en este país exista el respeto de unos a otros, necesitamos construir códigos de convivencia que permitan enfrentar una línea similar para todos, en la que, aceptando las diferencias legítimas, aceptamos que ellas debieran servir para enriquecernos. Esa cualidad es la que el mundo llama ciudadanía, y se expresa aceptando que, frente a la ley, somos iguales y que la lucha es por lograr que todos tengamos las mismas oportunidades.

Con esa combinación tan abigarrada y compleja, hemos sido paridos por la historia.

Unido a esas características, existe el camino de nuestra solidaridad. He encontrado una ruta crítica del origen que ella tiene más allá de posiciones partidarias y con manifestaciones diversas, plurales y desparramadas en el territorio.

Resulta que el ayni es un sistema económico-social que las culturas aimaras y quechuas practican para vivir en armonía y equilibrio en la comunidad. Está basado en la reciprocidad y complementariedad manifestándose como trabajo familiar entre los miembros del ayllu, destinado a faenas agrícolas y a la construcción de viviendas.

La minga, palabra castellanizada, del quechua mink´a y apropiada en el Oriente, es el trabajo solidario en favor de alguien que lo necesita y que se ejecuta colectivamente. Se la retribuye con comida y bebida.

Está el ajtapi, de origen aimara, como celebración colectiva del alimento, que se lo comparte junto con los saberes. El nombre deriva del verbo aimara aphtapiña, que significa traer; en la celebración, cada asistente lleva un alimento que es colocado sobre un mantel para servirse comunitariamente.

El tupambaé, término guaraní que significa tierra de Dios, es la parcela de producción colectiva que se multiplicó en las misiones, y cuyos frutos eran distribuidos entre los necesitados de la misión, enfermos, niños huérfanos, viudas, ancianos, o para ser utilizados en tiempo de carencia.

Los igualitarios fue la corriente política ideológica propuesta por Andrés Ibáñez y que fuera tomada de Proudhon y los anarquistas del siglo XIX. Tenía un alto contenido solidario y sirvió para mover la consciencia social de la república.

Siguieron las mutuales, organizaciones de artesanos y productores cuentapropistas, que a falta de sindicatos porque no existían industrias, agrupaban la capacidad de los saberes humanos desde finales del siglo XIX hasta buena parte del siglo XX. Se da con gran fuerza en el Oriente de Bolivia con trabajo solidario expresado en “hoy por ti, mañana por mí” y se sostenía en la solidaridad, respeto al ser humano, confianza mutua, verdad, equidad y transparencia.

El cooperativismo, es quizá la más alta expresión de la solidaridad humana que expresa el respeto por todos y asume el compromiso compartido del desarrollo y la producción de excedentes comunes. Un socio un voto, es la mejor expresión de su filosofía que valora la persona por encima de cualquier otra diferencia.

La olla común es un instrumento urbano de solidaridad alimentaria, en la que un grupo cocina para el colectivo que está dedicado a una labor de interés social. Es una variante de la minga, en las ciudades. El preste, el compadrazgo, los padrinazgos, las cofradías, comparsas y fraternidades, son variantes de mecenazgos, responsabilidad colectiva y solidaridad ligadas a la fiesta y a la alegría.

Todas estas manifestaciones, están en nuestro ADN nacional para marcar una conducta que nos enorgullece.



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