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La frágil integración latinoamericana

Antonio Rocha 2/4/2021 05:00

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Desde hace al menos 60 años que la integración latinoamericana viene forjándose con mucho esfuerzo, con logros importantes en materia de crecimiento del comercio intra regional, pero con muchos tropiezos y desacuerdos que no permiten su consolidación en ninguno de los bloques de integración. En ningún caso los acuerdos han llegado más allá de la zona de libre comercio, que solo es el primer estadio de la integración económica, puesto que en el segundo estadio que corresponde a la unión aduanera, todas ellas son imperfectas y plagadas de excepciones que distorsionan el comercio.

En el caso del Mercosur creado hace 30 años, donde Bolivia participa como Estado Asociado junto con Chile y además aspira a convertirse en Estado Miembro Pleno, al asumir la presidencia protempore Jair Bolsonaro en 2019 trazó en su discurso de posesión las líneas maestras de la política de integración del segundo bloque más importante en América, después del T-MEC (ex-Nafta), dejando claro que la prioridad estaría focalizada en los acuerdos de asociación estratégica con la Unión Europea y el inicio de negociaciones comerciales con Estados Unidos, objetivos que lejos de cumplirse, han distanciado a los países miembros confrontándolos al extremo en la última cumbre celebrada la semana pasada.

Por su parte la Comunidad Andina (CAN), creada en 1969 y conformada por seis países, ahora reducido a cuatro (Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú), lo más rescatable es la Zona de Libre Comercio Andina que funciona a plenitud desde 1992, pero lamentablemente sus países sostienen políticas arancelarias y comerciales totalmente disgregadas y alejadas de la armonización que requiere una verdadera integración económica.

El otro esquema rescatable en la integración de América Latina es el Mercado Común Centroamericano (MCCA) creado en 1960, donde también se establece una Zona de Libre Comercio con excepción de algunos productos muy sensibles como café y azúcar, y donde además funciona de manera aceptable el Convenio sobre Régimen Arancelario y Aduanero.

La fragilidad de la integración económica en Latinoamérica no radica en la falta de iniciativas y oportunidades o en la natural complementariedad de nuestras economías, aun en sectores donde parece que competimos, donde el ingenio puede permitir inversiones y producción conjunta para atender mercados que demandan volúmenes considerables de productos en los que tenemos ventajas naturales y competitivas. La fragilidad de nuestra integración está en la carencia de políticas de Estado de largo plazo que tengan objetivos claros de bienestar social y crecimiento económico a través de la inversión y generación de empleos con producción sostenible, independiente de la orientación política del Gobierno de turno.

En el caso particular de la política exterior de Bolivia, tenemos muy buenas posibilidades de ser un eje articulador entre el bloque andino de la CAN y el bloque atlántico del Mercosur, podemos ser una bisagra de la integración regional al estar geográficamente en ambas regiones, nuestra pertenencia histórica al Pacífico y nuestra natural pertenencia a la Cuenca del Plata con desembocadura al Atlántico nos brindan la inmejorable oportunidad de articular no solo la integración económica, sino física, algo que aún se añora desde la creación de la Alalc en 1960.

No será de ninguna manera fácil para el país integrarnos al Mercosur, esta situación supone recomponer la estructura del arancel y encarar un proceso de armonización con el Arancel Externo Común del Mercosur, además de la armonización de políticas comerciales relacionadas al tráfico de mercancías entre los Estados parte y los Estados asociados como Chile, Perú y Colombia, países con los cuales tenemos acuerdos vigentes. En todo caso, este compromiso debería ser encarado con base en un diálogo abierto del Gobierno, la sociedad y el sector empresarial.



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