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La historia, ¿nos la charlan?

César Maldonado 19/5/2021 05:00

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Dicen que uno de los objetivos principales de la propaganda es la de convencer; aunque lo que anuncie no sea necesariamente la verdad. Por ejemplo, en mis épocas de colegial, mis perspicaces profesores, mostraban que una de las gaseosas más populares invertía más en propaganda que en la calidad de su producto. Un compañero, más irónico, decía que él no comía lechuga porque era mezcla de agua y propaganda.

Cuando el régimen que tenemos entró volvió a aumentar una cantidad inusitada en el presupuesto de comunicación. No lo hizo en educación, ni en la salud, ni en la de economía. Los regímenes de más poder tienden a controlar la información, hacerla de una sola fuente y de una fuente oficial de consumo; a la larga, esa oficialidad es la que comanda sin necesario apego a la realidad ni a la verdad, sino a la conveniencia de quien produce los mensajes y las noticias. Por tanto, la propaganda, no necesariamente se apega a la realidad. Curiosamente, una propaganda que resalta los defectos de quien las produce, tiende a fracasar y a morderse la cola, es como el caballo de Troya; en breve, no existe este tipo de propaganda, más cercana al harakiri que a la sinceridad, esto en política.

Entonces, la propaganda, también la política, recalca todas las virtudes en quien anuncia o promueve y difunde todos los defectos en la competencia. El demoledor discurso del golpe de estado tiene hasta el defecto-virtud de achacar toda falla y maldad en un régimen urgente que sólo estuvo un año. Han señalado la historia de los defectos totalmente en esa época. Esto pretende hacer que olvidemos (¡les tomará mucho tiempo y mucho más gasto que debería pertenecer a la buena justicia, la educación y la salud!) todos los estropicios que ellos mismos cometieron. El 21F fue un rechazo a sus intentos de eternizarse en el poder; y su propaganda no menciona esta derrota y defecto, un asunto de por sí, inconstitucional y una violación más grande que un golpe de estado, que no se prueba si lo fue realmente.

Lo mismo, su propaganda no quiere recordar las razones exactas por las que huyeron los que decían detentar el poder justo y legal. El vacío de poder que quisieron crear se les desinfló; ahora, su propaganda le echa todas las culpas al enemigo, al que crean para volverse a presentar como prístinos agoreros de una revolución que ni ellos deben creer ya, ni saber cómo se ejecuta ni pone en acción.

La propaganda política no es sólo la de convencernos de la bondad de un producto, usa de todos los aparatos estatales, se presenta como un demoledor asunto de verdad único y sin contestaciones.

Los fiscales emiten mandamientos de aprehensión; a la justicia no le interesa encontrar la verdad, porque serían incapaces de hallarla, lo que les interesa es tener en el limbo a quienes ha hecho apresar.

Lamentablemente, los dictadores tenían a sus elementos represores, los militares y las policías que encarcelaban y exilaban; el régimen que nos imponen tiene a sus jueces, sus fiscales, a sus jefes policiales; tiene a sus ministros y a sus organizaciones sociales, a los que construye sedes o da cargos. Esta propaganda debería tener una ejecución extra, que no ocurre hoy por hoy: el caos en la vacunación, sus secretos en las compras. La economía no acaba de despegar. Cada vez que hablan de golpe de estado les sale que depositan este aparato en una red, no en concreto, pues se les chorrean los argumentos y la realidad les demuestra que para mentir y comer pescado se necesita más talento-defecto que simplemente pronunciar y ser prepotente.

La propaganda también tiene un objetivo claro, limpiar de contaminación y paja al cacique que sigue ultra presente en el régimen. Cuando se quiere ir contra todos para limpiar a muy pocos o a uno solo se cae en el peligro de la soledad de poder y de que “su verdad” no se ha de sostener por la verdad en sí misma, sino por la armazón y el aparato de represión y de propaganda.

Cuando estas cosas quieren ocurrir en la realidad, recuerdo nuestras novelas de ficción que hablan sobre las dictaduras. Pondré solo dos ejemplos, de premios nobel, Gabo y Vargas Llosa, opuestos en ideología, iguales en talento narrativo.

Gabo escribe en su El otoño del patriarca la caída de uno de los tantos dictadores que, al ser derrocado, se va a esconder en la casa materna, asustado de que sus atrocidades le caigan a él mismo. De hecho, siempre me llamó la atención de cuando los grandes totalitarios, caídos del poder, arguyeran debilidad en su salud, cuando en sus reinados no les temblaba la mano para ser fuertes y prepotentes.

Vargas Llosa, en sus narrativas gemelas, Conversación en la catedral y La fiesta del chivo, toca los casos de las dictaduras peruana y dominicana. En ambos casos nos dicen que todo el poder está dispuesto a ser hegemónico, para lo que se usa el régimen del miedo y de la persecución; crean una especie de personajes intocables. El autor recalca que, en el caso del Chivo, los que tienen que asesinarlo, tienen miedo de hacerlo, porque su propaganda ha hecho que el dictador crezca al orden de la mitología.

Si la realidad se parece, no lo sé, que la ficción copia a la realidad, puedo afirmarlo más. Entre tanto, no sé cuántos millones más nos seguirán robando a la buena educación, economía, justicia y salud que nos merecemos; todo, para salvar a un grupo que quiere instalarse por mucho tiempo, libre de polvo y paja, no porque sean libres de esto, sino porque su propaganda quiere instalarlos así.

Tiendo a creer que nos la están charlando…



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