Opinión

La hora de la verdad en La Haya

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30 de septiembre de 2018, 4:00 AM
30 de septiembre de 2018, 4:00 AM

Luego de cinco años y medio, partiendo del 24 de abril 2013 -cuando Bolivia presentó ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) con sede en La Haya su demanda contra Chile-, finalmente se conocerá la sentencia de ese tribunal. Como se recordará, el Gobierno de Evo Morales pidió que la CIJ se expida expresando que la nación transandina tiene la obligación de negociar de manera efectiva y oportuna un acceso soberano al océano Pacífico sobre la base de compromisos asumidos. Pasó el momento de las memorias, contra memorias, réplicas, dúplicas y debates; ahora viene el dictamen final, un elemento determinante para el rumbo de las relaciones bilaterales en el corto plazo.

Desde el momento en que la CIJ anunció que hará conocer su fallo el primer día de octubre, se derramaron ríos de tinta y cascadas de voces opinando acerca de las probables modalidades de la sentencia. En definitiva, solo hay tres posibilidades: favorable para Bolivia, desfavorable, y una tercera posible, que podríamos llamar intermedia o ‘salomónica’.

Las decisiones de la CIJ deben cumplirse, especialmente entre países con respeto al Derecho Internacional, pero a veces pueden ser ignoradas o desdeñadas por mera voluntad política. Tal el caso de la República Popular China. Beijing ha expresado que no necesariamente respetará lo acordado con respecto al mar meridional chino en tribunales extranacionales. Al final, en las arenas de la política internacional, el poder duro lamentablemente prevalece...

Conviene recordar, además, que si una de las partes no cumple la sentencia de la CIJ, la otra parte tiene la prerrogativa de llevar el caso a conocimiento del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, situación ciertamente incómoda para el Estado que rehúsa cumplir lo dispuesto por ese alto Tribunal, pues puede traerle inciertas consecuencias.

Los países vecinos están sujetos a un condicionamiento geográfico dado por su frontera común. Aunque entre Chile y Bolivia el crucial tema del mar sigue irresuelto, hay muchas otras posibilidades de desarrollo compartido en sus casi 900 kilómetros de límite territorial. En este contexto, vale la capacidad mutua de procurar entendimientos constructivos. Sea cual sea finalmente el fallo de la Corte, tendrá que prevalecer la prudencia, en paralelo con la búsqueda de soluciones efectivas. Si Chile está obligado a negociar, que lo haga pronto, para alcanzar así una solución final al drama del enclaustramiento. Y si se dan otras variables, la voluntad de dialogar deberá ser capaz de superar obstáculos del momento, pensando siempre en el porvenir de ambos pueblos. Nada más, nada menos.

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