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La implosión del MAS: anatomía de un ocaso político

Martes, 08 de julio de 2025 a las 00:00

Las elecciones de agosto próximo se desarrollarán en un escenario marcado no tanto por la fortaleza de las organizaciones políticas de oposición, sino por la vertiginosa implosión del Movimiento al Socialismo (MAS). El partido que dominó la política boliviana por casi dos décadas enfrenta hoy su más serio desafío: el de reconocerse a sí mismo en los fragmentos de un espejo roto. La crisis que lo atraviesa es tan profunda que redefine el tablero electoral, presentando una encrucijada histórica para el país.


Desde una perspectiva sociológica, el poder que el MAS construyó se sostenía en dos pilares fundamentales, hoy críticamente dañados. El primero fue un proyecto hegemónico extraordinariamente exitoso, que articuló un relato ideológico de reivindicaciones históricas con la movilización de identidades sociales ancladas en lo étnico y lo popular. El segundo, un liderazgo carismático de tipo weberiano, encarnado en la figura de Evo Morales, que garantizaba una férrea y vertical unidad.


Hoy, ambos pilares exhiben grietas estructurales. La erosión del proyecto hegemónico es, en primer lugar, una erosión moral que la ciudadanía percibe con creciente intensidad. Lo que en su día fue un discurso de transformación y justicia social, hoy se siente como una narrativa desgastada, instrumentalizada para justificar la permanencia en el poder. Los recurrentes escándalos —desde sobreprecios en obras públicas hasta denuncias de nepotismo y manejos irregulares en empresas estatales— han dejado de ser vistos como actos aislados. Para un sector significativo de la población, se han convertido en el sello de una élite gobernante que ha traicionado sus propios postulados. A esto se suman las denuncias de orden personal que han desmitificado la figura del caudillo, afectando el núcleo simbólico de su autoridad.


Paralelamente, y como consecuencia directa de esta degradación, se ha producido una fractura de la unidad interna, quizás el factor más devastador para su futuro. La cohesión, que alguna vez fue su mayor fortaleza, se ha hecho añicos. La pugna entre las facciones "arcista,  evista y ahora “andronista” ha trascendido el debate ideológico para convertirse en una batalla abierta por el control del aparato partidario y su legado. Este fratricidio político, librado en declaraciones públicas, acusaciones cruzadas y disputas por el control de las organizaciones sociales, proyecta una imagen de anomia interna —un colapso de normas y lealtades— impensable hace apenas unos años.


Los movimientos de base personalista y con un fuerte componente hegemónico a menudo enfrentan crisis terminales cuando el carisma del líder se agota o es disputado, y cuando el relato que los unía ya no puede contener las contradicciones internas. Más allá de dividir su propia base electoral, esta fractura transmite al resto del país una profunda sensación de ingobernabilidad, que ha afectado dramáticamente la gestión de Arce Catacora. En medio de este caos, la pregunta que flota en el ambiente es clara: ¿cómo puede un partido que no logra gobernarse a sí mismo ofrecer un gobierno estable para Bolivia?


Este escenario de autodestrucción presenta a la oposición una oportunidad que muchos consideran única. Sin embargo, el verdadero desafío para las fuerzas alternativas va más allá de capitalizar el descontento o la denuncia. El electorado no busca simplemente una opción antimasista". La crisis del MAS es también la crisis de un modelo de país y de una forma de hacer política. Por tanto, la demanda ciudadana es por una alternativa creíble, articulada en torno a un nuevo pacto social que ofrezca certezas institucionales, viabilidad económica y, sobre todo, un horizonte de futuro compartido que logre superar la polarización que hoy nos consume.

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