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18 de septiembre de 2017, 4:00 AM
18 de septiembre de 2017, 4:00 AM

Esta es una de las más grandes falencias que tiene el Estado boliviano. Lo vengo pidiendo públicamente desde hace 20 años. Ni neoliberales ni populistas hicieron caso, pero seguiré insistiendo. Necesitamos modernizar y legitimar la administración pública, tal como es en los países del vecindario, para no mirar más lejos.

Ya es hora de que esta pobre patria tenga verdaderos servidores públicos, a 192 años de su fundación. Los que tenemos son empleados del partido de turno, no del pueblo. Necesitamos servidores públicos legítimos, no impostores. Aunque toda regla tiene su excepción.

Decía entonces: “Desgraciadamente los partidos políticos no han tomado este importante asunto con la seriedad que corresponde, principalmente porque los cargos públicos son una fuente de pegas para la militancia, taras de un pasado que es necesario superar y que convierte a los partidos políticos en agencias de empleo para oportunistas, que, por lo general, no buscan servir a la patria, sino servirse de ella.
Un país pobre como el nuestro, donde los recursos son escasos y las necesidades ilimitadas, debe tener sus mejores hijos gestionando la cosa pública, para que de esta manera se administre con sabiduría la pobreza.

Los funcionarios públicos deberían ser acogidos mediante un concurso de méritos transparente, para así garantizar su idoneidad y la imparcialidad del Gobierno de turno. Eso dará al funcionario la tranquilidad que da la estabilidad laboral de largo plazo.

Los funcionaros públicos escogidos de esta forma, a los que se garantiza trabajo de por vida, deberían ser los empleados mejor pagados del país, puesto que en sus manos se encuentra el destino de la patria y también para inmunizarlos contra el virus de  la corrupción”.

Necesitamos funcionarios públicos idóneos, que atiendan con diligencia y una sonrisa en los labios. No necesitamos trompetas e incompetentes en las oficinas públicas, ni autócratas en el Gobierno. 

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