Edición Impresa

La locura en el poder

Renzo Abruzzese 15/10/2019 03:00

Escucha esta nota aquí

En diciembre del año 2011 Piergiorgio M. Sandri, un columnista español del prestigioso periódico La Vanguardia, escribió un ensayo titulado “En la Mente del Dictador” que hoy me recuerda algunos temas que sin duda merecen comentarse. 

Sandri se preguntaba si desde la neurociencia, tenían algo en común los dictadores, y qué en realidad ocurría en sus cabezas. Para cuando él publicó el ensayo (2011) había en el mundo 2.000 millones de ciudadanos que vivían bajo algún régimen autoritario, de manera que el tema no era para nada desechable.

Había escudriñado las historias políticas de Mussolini y llegó a la conclusión de que semejante tirano “actuó como un jefe tribal y arrastró su pueblo a una guerra sin sentido”. 

Julio César, a quien calificó del “primer dictador democrático de la historia”, se distinguía por el enorme respaldo que alcanzó en su momento. Franco, el español, que mostraba el poder que un líder autoritario puede alcanzar cuando goza del respaldo de los militares y las burguesías de derecha católica conservadora y puritana. Gadafi que había doblegado la conciencia de su pueblo a través de un discurso ideológico profusamente difundido bajo el título del “Libro Verde”. Stalin marcado por un estilo violento y sanguinario, frio y calculador. 

Napoleón cuyo ego lo perdió al sustituir la realidad por el culto personal. Sadam Hussein que perfeccionó la teoría del “enemigo interno” y ensangrentó su pueblo. Robespierre, cuyo poder lo transformó en un personaje enajenado al punto de perder la cabeza en su propia guillotina.

 Obviamente no podía faltar Hitler, “el más mesiánico de los dictadores modernos”. Hoy, casi una década después, podríamos agregar algunos otros célebres nombres; Hugo Chávez, Maduro, Pinochet, y algunos más cuyos nombres prefiero no recordar.

Sandri, sostiene que el comportamiento anormal de los dictadores que estudió podría deberse a la presencia del gen denominado AVRP1 que inhibe la “capacidad de ser generoso”. La generosidad se transforma en un mecanismo prebendal, es benigno y desprendido con unos y receloso y egoísta con los que no lo aceptan. Daniel Eskibel, -menciona el autor- había descubierto que en la estructura psíquica de los dictadores hay una predisposición que los “empuja hacia el dominio, la agresividad, la defensa del territorio y la autoubicación en la cúspide de una jerarquía vertical e indiscutida”.

 Todos ellos se sentían irremplazables; el resultado final era “la pérdida del contacto con la realidad”, es decir, les era imposible medir las dimensiones de los problemas que lo confrontaban con su pueblo, lo que hacía más probable que cometieran “errores que nunca creíste pudiera cometer”.

Jerrold Post, director del programa de Psicología Política de la Universidad George Washington, llegó a una conclusión abrumadora; la mayoría de los dictadores –sostiene- “Son individuos que pueden funcionar de manera perfectamente racional, pero que, en determinadas condiciones…sus percepciones se distorsionan y esto se refleja sobre sus acciones. Esto –dice Jerrold Post- suele ocurrir cada vez que pierden o incluso cada vez que ganan”.

Por su lado James Fallon, neurocientífico de la Universidad de California, había identificado algunas características comunes en las personalidades autoritarias; todos son “carismáticos, mentirosos, manipuladores, de excelente memoria, abusivos y simuladores”.

La primera impresión que me causó la lectura de este ensayo, fue la increíble similitud de los seres humanos cuando se hacen del poder. Independientemente de su cultura, de sus orígenes, de su formación e incluso del tiempo que les toca vivir, parece que la naturaleza humana esconde en las profundidades del alma, una innata capacidad para el mal, o al menos, para atravesar la historia de forma devastadora.