Opinión

La memoria erguida

Gonzalo Lema 26/9/2021 09:41

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Sólo después de su muerte (1908) empezaron los numerosos estudios sobre Gabriel René Moreno, nuestro historiador cumbre, digno de figurar entre los grandes historiadores de América. “Primer momento lúcido de la conciencia nacional”, afirma, certero como nunca, Carlos Medinaceli. “El escritor puro”, remarca. “Este hombre de letras lo fue también de ciencia y de conciencia”. Sin embargo, desde ese instante, hasta ahora, un cúmulo de libros, ensayos y artículos de prensa buscan valorar su trabajo, su dignidad y su hondo patriotismo. Es difícil encontrar algún boliviano que haya hecho más que él por esta patria en el siglo XIX.

“Moreno ingresó a la fama póstuma marcado a fuego con el signo de la maldición”, afirma Josep Barnadas. Diversas opiniones suyas, vertidas en artículos, dieron pie a interpretaciones cargadas de mala fe. “Profesaba invencible antipatía por la clase mestiza dominante en el país”, sentenció Alcides Arguedas. “Nos dejó la duda de si quiso servir más a Bolivia que a Chile, y la duda, duda es”, opinó Belisario Díaz Romero. El mismo señor, no obstante, lo calificó de “astro de primera magnitud entre los escasos escritores nacionales, de quien podemos hallarnos orgullosos”. La opinión nacional, escasa y perezosa, dejó que prevaleciera la opinión de opinadores “de oídas” y no la de quienes ya aquilataban la obra. Incluso Franz Tamayo se ubicó a favor de la detracción durante el debate parlamentario de 1933, con motivo del supuesto centenario de nacimiento del historiador: “No se puede homenajear al mayor difamador de Bolivia”. Con anterioridad a ese tiempo, Jaime Mendoza tuvo a bien comentar: “Mejor que escribir poesías y loas a las fechas cívicas y batallas, fue el trabajo de construcción de la memoria histórica de los bolivianos llevada a cabo por este gran hombre”. Mendoza escribió sobre el historiador en 1907, meses antes de que Gabriel René Moreno falleciera. Fue la excepción de la indiferencia inicial.

Gabriel René Moreno del Rivero nació en 1836, en Santa Cruz, en la hacienda Urubó. Los seguidores de pistas entraron en confusión ya con este primer dato: manejaron fechas diversas y confundieron su partida incluso con la de ciertos gemelos alumbrados por esos años. Barnadas, riguroso como el que más, llegó a la misma conclusión que don Gunnar Mendoza. Esta fecha es importante para subrayar los precoces logros intelectuales de Moreno, que se inician nítidos con un bachillerato tempranero en la ciudad de Sucre. No sólo eso: también para señalar los personajes y contextos que se configuraron en su tiempo. El ambiente familiar le fue propicio para su desarrollo intelectual, pero, más aún, la continuación de su formación en Santiago  de Chile. Este hecho fue determinante para su vocación que, pese a ser firme, se hallaba aún dormida. El estudio del Derecho, los trabajos paralelos que debió desarrollar, las amistades de gran calidad humana e intelectual, y el mismo ambiente (un refugio grande de todos los notables exiliados latinoamericanos), hicieron lo suyo con su gran talento. Eriza la piel imaginar al joven Moreno con Andrés Bello, Amunástegui, Bartolomé Mitre, Ricardo Palma, Beeche. No eran los únicos que le brindaban amistad y colaboración: Tomás Frías, el presidente boliviano, y Aniceto Arce, el magnate minero, hicieron lo mismo.

Ninguno de esos grandes nombres fue suficiente para atajar tamaño alud de barro que le cayó encima en 1880. La servil conducta de Hilarión Daza durante la contienda del Pacífico para con Prado, presidente del Perú, desconfiguró por mucho tiempo la honra de Moreno. Obligado por Daza, precisamente (¡quién lo creyera!), a llevarle las bases chilenas para la paz (Tacna y Arica para Bolivia, derrotado el Perú), retornó por donde llegó a Santiago. El ex presidente se jactó de su lealtad ante el aliado con el papel en la mano. Desde ese oprobioso momento, sin dudas hasta el final de su vida, fue acusado de servir a Chile en su propia patria, en la Argentina y en el Perú. Moreno viajó a Sucre a defenderse de la calumnia y estuvo a punto de sucumbir en Potosí; fue absuelto por simple prescripción por un juzgado de categoría ínfima, por el mismo parlamento, pero el mal rumor no cesó. Pese al trauma esencial, continuó reconstruyendo la memoria histórica de los bolivianos. Su tristísima declaración: “le he perdido amor a mi trabajo”, lo detuvo en la tercera parte (“Presidente nuevo”) de su obra monumental: “Últimos días coloniales del Alto Perú”. Libro extraordinario. El título ya debería convocarnos a su lectura. ¿Acaso no deseamos, con mucho fervor, ser bolivianos?

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