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La mentira en la política

Manfredo Kempff 28/10/2021 05:00

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¿Qué pasó con el presunto atentado contra el presidente electo Luis Arce Catacora, que denunció con bombos y platillos el ministro de Gobierno en días pasados? ¿Por qué no se ha sabido nada más del “magnicidio”, cuando el ministro del Castillo apareció en la televisión, en vivo, y nos hizo poner los cabellos de punta anunciando que se había descubierto un complot en el que algunos sicarios habrían estado en Bolivia con la misión de asesinar al ahora presidente? ¿Cómo se puede explicar que después de alborotar a toda la ciudadanía haya caído un manto de silencio de parte de la autoridad, al extremo de no mencionarse más el truculento asunto? ¿Nos vamos a quedar con la duda de si existió o no este frustrado asesinato, ese “magnicidio” cinematográfico?

La única respuesta posible es que aquí alguien mintió feamente. Que todo se trató de una mentira grosera o del ánimo de desviar la atención pública ante tanto desgobierno; de un embuste que resulta intolerable si procede de quien tiene a su cargo la seguridad del Estado. Y si el ministro de Gobierno no es el mentiroso, significa que alguien le mintió a él. Y si alguien le mintió y él se lo creyó y lo lanzó a los cuatro vientos es que le tomaron el pelo. Y si fue así, ese cargo de tanta responsabilidad le queda grande. Su silencio actual no lo puede salvar.

Es que no se trató de contar sobre la Caperucita Roja o el Lobo Feroz. El ministro no dijo que se sospechaba o se rumoreaba que unos criminales habían venido a Bolivia a matar al futuro mandatario. Nada de eso. El ministro de Gobierno dio nombres y mostró fotografías de cinco presuntos sicarios que nos miraron desde las pantallas de la televisión, asustándonos. Dijo que arribaron por Viru Viru en octubre del año pasado y que se habían alojado en el hotel Presidente de La Paz, cerca al Palacio Quemado y la Casa del Pueblo, el lugar supuestamente previsto para soltar el plomo. Hasta hizo conocer los números de las habitaciones donde se alojaron los pistoleros, trayéndonos el mal recuerdo de lo acontecido en el hotel Las Américas, cuando no hubo cuentos sino tiros mortales ejecutados por las autoridades masistas. Y dijo que los malevos también se habían reunido con autoridades del Gobierno en el hotel Marriott de Santa Cruz. Y que algunos de los sicarios participaron, mucho después, en el terrible hecho de sangre donde acribillaron, en su cama, al estilo más gansteril, a Jovenal Moise, presidente de Haití. ¿No nos recuerda a alguna escena de El Padrino? ¿O a las violentas muertes de Trujillo o de Tachito Somoza?

Las expresiones del ministro no se detuvieron en los gatilleros a sueldo, sino que hubo el propósito de involucrar al ministro de Defensa del Gobierno de la señora Áñez, Fernando López Julio. Es decir que a la expresidenta deseaban echarle encima, sobre tantas maldades y canalladas, la responsabilidad de planificar matar a un mandatario electo. 

Este sí que es un melodrama que no puede quedarse a medias. ¡Es que es demasiada dosis! Los bolivianos tenemos todo el derecho de exigir al ministro de Gobierno que nos cuente la historia hasta el final y que nos diga cuál sería el motivo para que los sicarios desistieran de apretar el gatillo. Con mayor razón si la historia se la creyó el propio Arce Catacora, quien horas después de lanzado el terrible anuncio, dijo con cara de víctima: “Quisieron atentar contra nuestra vida”.

Algo similar a los muchos atentados contra su existencia que se inventa Evo Morales; esos “magnicidios” que le encanta citar, y que son un cuento chino. Ha viajado hasta México para agradecerle a López Obrador por haberle salvado la vida enviándole un avión que, dizque debió hacer una acrobacia espeluznante al decolar, para eludir un misil boliviano, lo que causó hilaridad en la gente. Pura chapuza para impresionar.

No se trata de que todos los políticos sean mentirosos. Si fuera así el mundo sería un caos absoluto y viviera en una total anarquía porque nadie confiaría en los embusteros. Entonces nos encontramos con que existen políticos que no mienten porque deploran hacerlo; otros que mienten poco, lo necesario para engalanar lo que desean mostrar; otros que mienten demasiado y que pierden la confianza de su pueblo; y otros como los que ahora tenemos gobernando, que mienten sin arrugarse, por mentirosos nomás.

Manfredo Kempff Suárez  es Escritor

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