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La misión inconclusa del 21-F

Editorial El Deber 21/2/2020 03:00

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El 21-F es el símbolo de un tiempo histórico en el país. Nació como el grito rebelde frente a la soberbia del poder; emergió como una manifestación para después convertirse en la impronta del nuevo siglo, en la defensa del mayor valor del ser humano: la libertad.

El 21-F fue el referéndum en el que Bolivia rechazó la repostulación presidencial de Evo Morales y desencadenó una revolución social cuando el caudillo se empeñó en desconocer ese resultado. Ahora, cuando se habla de 21-F no se habla de solo un episodio de la historia ni puede enmarcarse en una acción opositora a un presidente, sino del despertar de un pueblo y de la vigilancia sostenida a la forma de ejercer el poder, a los métodos de la política y, sobre todo, una defensa de los derechos ciudadanos. También es la emergencia de voces nuevas y contestatarias, que saben lo que quieren y que no se conforman con menos. Cuando todos pensaban que la juventud era indiferente y egoísta, de pronto su potencial irrumpió para convertirse en el motor de una revolución nacional sin precedentes.

El 21-F tiene características diferentes a todo lo que hubo antes en Bolivia. Nació sin caudillos y sin líderes políticos que orquesten el rumbo de esa revolución. Las protestas de 2017 y 2018 fueron espontáneas y autoconvocadas, porque reflejaban el cansancio acumulado del ciudadano frente a un Gobierno que se creía dueño de Bolivia. Ese sello determinó que esta movilización sea sorprendente y que el poder (acostumbrado a la persecución política de los adversarios ya conocidos) no tenga respuesta frente a las iniciativas que a diario se le planteaban desde la calle. Evo Morales y su gente, acostumbrados a la ausencia de diálogo y de concertación, acostumbrados a silenciar a quien se le pusiera al frente, no sabían qué hacer cuando la calle y las redes sociales iban acortando su tiempo de mandato.

Se podría decir que estas movilizaciones anónimas cumplieron un primer objetivo. Nacieron en rechazo a la cuarta postulación de Evo Morales a la Presidencia del Estado, terminaron sacándolo de la Presidencia y sin opciones de una nueva candidatura.

No obstante, esta revolución latente en la sociedad aún debe enfrentarse al peor de los adversarios: la anquilosada y oscura práctica política en el país. Tras 14 años en el poder de un gobierno superpoderoso, que anuló a la oposición, aún queda un largo camino por recorrer, a fin de que la administración del Estado sea un servicio y no un medio para enriquecerse. Es preciso acabar con la corrupción que saca la cabeza sea cual sea el Gobierno de turno.

Hay que entender que el 21-F, como movimiento tiene rostro de pueblo: un día contra la repostulación de Evo Morales, otro día como ‘pitita’ capaz de dejar la vida en la defensa de la libertad y de la democracia. Mañana puede convertirse en la espada que corte la corrupción y quizás después embandere otro argumento. Por ejemplo, que los partidos escuchen y se unan o que la presidenta no use su cargo para hacer campaña. Lo importante es que el boliviano ya sabe del poder que tiene.

Si antes el MAS pecó en su soberbia de no escuchar la voz de jóvenes y adultos bolivianos, no habría que extrañarse de que en este momento haya otros partidos y otros actores con los oídos sordos y los ojos ciegos. La revolución de la ciudadanía, llamada 21-F, está latente y se defiende; no necesita de poderes constituidos para ser consciente de que la fuerza de sus convicciones es lo único que se necesita para rectificar políticas públicas o para sacar presidentes. Ya sabe la ruta para autoconvocarse y no necesita más.

Un 21-F hace cuatro años nació un movimiento ciudadano que es el orgullo y la esperanza de Bolivia.