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La muerte en los sistemas de salud

Renzo Abruzzese 29/12/2020 05:00

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La duda sobre el futuro nos invade. A cada nuevo avance científico sobre la estructura y naturaleza del virus le sale al paso una nueva versión de este, un virus mutado, una sepa diferente y nos agobia la sensación de que ese minúsculo reservorio de la muerte está siempre un paso por delante de los miles de científicos y las sofisticadas tecnologías que tratan de combatirlo. En la misma proporción los humanos hemos comprendido que cualquier paso que demos estará de alguna manera rezagado, un dato estremecedor porque nos recuerda que nuestra vanidosa pleitesía al conocimiento puede que nunca haya sido meritoria.

En medio de este escenario la epidemia ha transformado nuestros conceptos sobre la vida, la muerte y particularmente, sobre los profesionales y los sistemas gubernamentales que tienen que ver con ello. Una campaña de marketing funerario nos permitirá aclarar este argumento. Veamos.

La publicidad de una funeraria norteamericana de hace algunos años atrás decía: “Morid, nosotros hacemos el resto”. La funeraria prometía así el mejor y mas bello funeral. La epidemia ha trastocado el enunciado y los métodos de marketing. Hoy hemos desechado todo vestigio de detalles, nos hemos transformado en “el resto” y somo testigos del morir sin mayores aspavientos. El negocio de la muerte cada vez más sofisticado ha sufrido un golpe brutal desde que, en tiempo de pandemia, el morir dejó la necesidad de los rituales, del toque ornamental y floridamente sobrio de los sepelios; los cadáveres no se despiden, no se lloran, no se los ve; se incineran. La gente se deshace de ellos a la mayor brevedad posible y desde lo más lejos posible. La pandemia se llevó el misterio de luto desgarrador de los primeros momentos.

De súbito hacemos parte de un ritual que hasta hace poco era la especialidad de toda una industria de la muerte y el entierro, como si fuéramos el resto del que se encargaba la empresa funeraria.

Hasta el brote epidémico, los servicios asociados a la salud y la enfermedad contemplaban la muerte como un momento independiente de su actividad tecnológica. La misión de ellos se concentraba en la vida, para eso estaban, para precautelar la vida. En paralelo, una inmensa industria en torno al muerto movía miles de millones; el embalsamiento, el embellecimiento del cadáver, el sarcófago y los arreglos florales, el fondo musical, el cursado de invitaciones, el traslado del cuerpo, los anuncios públicos, la ornamentación de la tumba, su adquisición (siempre costosísima) y una fragata de vehículos oscuros y trágicos lograron hacer del manejo de la muerte un emporio que a diferencia de otros nunca caía en desgracia, pues no había la más mínima posibilidad de que un día cualquiera nadie muriera.

La venta era ininterrumpida de día y de noche. Desde el punto de vista del capital era un negocio sin posibilidades de quiebra. Que esto funcionara así se debía a que la muerte no era parte de los “sistemas de salud” como mencionamos más arriba. De hecho, un problema enorme derivado de estos sistemas en la primera ola de la epidemia fue el manejo de los muertos. Un ministro boliviano dijo que el sistema sanitario “no estaba preparado” para lidiar con las víctimas del Covid. La pandemia transformó la idea que tanto médicos como pacientes poseemos de la muerte, pues no quepa duda ahora de que hace parte de lo que hacen los médicos.

Ya no pueden entregar el cadáver una vez agotados sus esfuerzos clínicos, ahora han pasado a especialistas en la vida y la muerte, y los deudos y sobrevivientes entienden que su trabajo termina al entregar un cuerpo que nadie esta dispuesto a honrar por temor al contagio y que es, por definición, responsabilidad del hospital, la clínica o el servicio de salud.

Los arqueólogos, antropólogos y otras ciencias dicen que solo los humanos entierran a sus muertos con rituales elaborados con ese fin (y solo ellos hace más de 60.000 años inventaron las tumbas) y con ello la privacidad de su destino final. A partir de ahora la muerte es un hecho administrativo, cuya responsabilidad se encuentra indisolublemente ligada a los sistemas de salud, su presupuesto, las partidas presupuestarias y los protocolos aconsejados.

El dolor humano del último adiós esta protocolizado. En esto sí parece que la epidemia transformó el mundo.



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