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El mundo entero se moviliza estresado en estas horas previas a la Nochebuena con una gran duda en la mente: ¿Cómo festejar la Navidad sin perder el sentido de una noche familiar, pero a la vez sin comprometer la salud precisamente de los seres más queridos con quienes se comparte una fecha tan especial del calendario?

Es que, por primera vez que se recuerde de la historia, la humanidad celebrará Navidad en medio de la pandemia del Coronavirus que, lejos de disminuir en esta época, a un año de su aparición en el mundo está atacando con más fuerza en esta denominada segunda ola que ha elevado las cifras diarias de contagio a niveles insospechados, en Bolivia y el resto del planeta.

El Covid-19 ataca exactamente a la esencia de la fiesta de la Navidad, que es la reunión de personas, el afecto y los abrazos que se comparten casi íntimamente en la sala de la casa, alrededor de una mesa, donde se improvisan más sillas de las habituales para recibir al resto de la familia que vive en otros hogares. Curiosamente lo que busca el Covid-19 para actuar es eso: grupos de personas reunidas en ambientes cerrados, respirando el mismo aire, y repartiendo abrazos.

Hay muchas recomendaciones que circulan en estas horas por los medios de comunicación; de hecho, EL DEBER dedica una buena parte de su esfuerzo periodístico a identificar los consejos más prudentes que recomiendan los especialistas para que en estas fiestas no se produzcan contagios, y los más importantes se pueden resumir en al menos cuatro: identificar un número máximo de asistentes a la cena de Navidad en una casa (de seis a diez personas); evitar que se junten más de dos grupos distintos de convivencia; evitar los abrazos; y si el clima lo permite, organizar la reunión en exteriores, al aire libre.

Pero lo más importante de todo es recordar que el sentido de la fiesta de la Navidad está en el corazón: allí es donde se celebra el gozo de la reunión en familia, y para ello la cena es la ocasión del agradecimiento por tenernos unos a otros y por los dones recibidos.

Los regalos no son obligatorios, son apenas accesorios para reforzar la idea de que en ellos mostramos nuestra propia entrega a los demás, y en este caso más que por razones de bioseguridad, por motivaciones económicas bien podrían no estar presentes este año, porque la economía de las personas está seriamente golpeada por la crudeza de la pandemia que paralizó primero la actividad productiva, luego la permitió de manera parcial, y dejó a miles de personas sin empleo o sin ingresos por la actividad propia.

Es posible vivir bien la Navidad sin ningún complejo aun si no hay regalo, aun si no hay abrazos, porque en la sobriedad y la precaución está este año el mejor de los regalos a los que más queremos: salud y vida, porque queremos compartir con ellos más navidades; porque no queremos que sea la última.

Esta Nochebuena es una excelente ocasión para pensar por esta vez más que en los niños en las personas mayores, ellos son los más vulnerables al virus; celebrar a los que aún están con nosotros y en los hogares que este año perdieron a los padres y abuelos de avanzada edad recordarlos con amor y pensar que si estuvieran allí, estarían pidiendo que se cuiden, porque será una Navidad extraña y dolorosa sin ellos, pero Navidad al fin, la fiesta de la llegada de la vida para cuidar lo más valioso que tenemos. ¡Feliz Navidad a todas nuestras audiencias!

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