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Marcelo Áñez - ingeniero comercial

Para 1985 Nelson Mandela llevaba preso ya más de 20 años. En ese entonces estaba en la prisión de Pollsmoor, junto a otros tres altos dirigentes del Congreso Nacional Africano (ANC en inglés). Un día, el Gobierno decidió trasladarlo a un lugar mucho mejor dentro de la misma prisión. Pero a él solo, no a los demás.

No hubo mayores explicaciones por parte del Gobierno respecto al cambio. No dijeron por qué o para qué. Sin embargo, Mandela intuyó que esa acción era una prueba de que el Gobierno de la minoría blanca en Sudáfrica, de alguna forma, había entendido que estaba en el lado incorrecto de la historia, y que había llegado el momento de iniciar negociaciones.

Hubo una reunión de la dirigencia del ANC en la prisión. Los otros tres dirigentes se opusieron enérgicamente al traslado de Mandela y demandaron una protesta fuerte de rechazo. Mandela no les hizo caso. Optó por hacer lo contrario de lo que la cúpula de su partido quería que hiciese. Se trasladó.

Y como correctamente había intuido, al poco tiempo se iniciaron las conversaciones que dieron pie a negociaciones que concluyeron con la hoy famosa transición pacífica en Sudáfrica.

Mandela entendió que hay situaciones en las que es imposible decidir colectivamente, por consenso. Y que en esos casos el líder debe desprenderse del rebaño, decidir por sí solo y avanzar con firmeza y determinación.

Que no se malentienda. Elegir las mejores ideas dentro de un grupo y construir un todo armónico, enriquecido, y que goce del apoyo y compromiso de todos es lo ideal. Pero siendo realistas, eso no siempre es posible.

Hay ocasiones en las que la permanente búsqueda de consenso se convierte en una trampa que lleva a tomar malas decisiones. O más frecuentemente; a la parálisis por el debate y el conflicto interminable que erosionan la confianza dentro del equipo.

El sentimentalismo es el mal de nuestro tiempo. No nos interesa la verdad si esta verdad nos incomoda. Estamos dispuestos a creer en algo siempre y cuando ese algo venga envuelto en una versión edulcorada y linda de las cosas, en un formato que nos haga sentir bien con nosotros mismos y con el mundo.

Hay también una pretensión democratizadora de la verdad. Que desconfía y rechaza el hecho de que, a veces, simplemente alguien sostiene una posición correcta y los demás no. La singularidad es impopular. Hace bien el líder que tenga presente que el derecho a expresar una opinión no significa que esa opinión valga lo mismo que las demás. Ni que una verdad necesite del apoyo unánime para ser verdad.



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