9 de septiembre de 2023, 7:16 AM
9 de septiembre de 2023, 7:16 AM

La palabra es, a no dudar, motor de grandes avances o retrocesos en la civilización. Prácticamente define la existencia o no de hechos, descubrimientos científicos, de la propia historia o de las noticias de cada día. ¿Qué sería la humanidad sin las palabras?

De hecho, las palabras libertad, igualdad y fraternidad inspiraron la Revolución Francesa, la palabra independencia promovió la rebelión sudamericana contra la Corona de España. En materia religiosa, la palabra de Dios es fuente de fe; en materia deportiva, las palabras “juego limpio” inspiran, supuestamente, la conducta ética de los deportistas, aunque poco bueno se puede decir del fútbol boliviano, por ejemplo.

Detrás de cada palabra hay una intención sana o perversa, no importa, el hecho es que ninguna palabra es azar del destino ni hoja suelta que se mueve por los vaivenes del viento.

En política, ni qué decir, las palabras lo son todo. Los discursos pueden convertir a un ciudadano común y corriente en líder de un país; pueden definir la fortaleza de un gobierno y también pueden provocar estrepitosas caídas, cuando los gobernantes usan las palabras para mentir y engañar al pueblo.

Por eso, en una democracia verdadera, la palabra de los gobernantes debería tener una magnífica combinación de verdad, honestidad y sabiduría, virtudes que la ciudadanía siempre sabrá valorar y agradecer; aunque en los tiempos actuales se imponen más la mentira, ignorancia y estupidez.

Recientemente, las palabras vertidas por Rubén Alejandro Méndez, ministro de Medio Ambiente y Agua provocaron una sensación de malestar en la ciudadanía. En el conversatorio La minería aurífera: el mercurio en cuestión, la autoridad puso en duda la abundante evidencia científica que existe sobre los efectos del mercurio en la salud de los seres humanos y argumentó: “Por las calles de Potosí, cuando llueve, sigue corriendo mercurio. Los niños de Potosí siguen juntando mercurio en botellas para vender; no sé si están enfermos”.

Semejantes afirmaciones tuvieron inmediata respuesta. La Organización Mundial de la Salud emitió un comunicado que en partes sustanciales señala: “A depender de las dosis y frecuencia de las exposiciones, el mercurio metálico puede causar daños respiratorios y neurológicos, afectación renal, cardiovascular y en el sistema inmune. La salud materna es de especial preocupación”,

Indígenas de la tierras bajas se manifestaron con llanto e impotencia. No es para menos. Existen denuncias documentadas de que poblaciones indígenas esse ejja, lecos, mosetenes chimanes, tacanas y uchupiamona que viven proximidades de los ríos Beni y Madre de Dios tienen entre dos y siete veces más mercurio en el cuerpo que lo normal.

Esa alta exposición provoca consecuencias como pérdida de memoria, temblor en las manos y problemas sensoriales, todo porque se alimentan con pescados infestados de mercurio.

El propio Gobierno nacional ha emprendido una lucha contra la minería de oro ilegal ante la clara certeza de que Bolivia se ha convertido en uno de los principales importadores de mercurio en el mundo, deshonroso podio que refleja la pérdida de control sobre la explotación de oro, un mineral que sirve para amasar millonarias fortunas a costa de la salud y vida de indígenas abandonados y desprotegidos.

En un país con atisbos de seriedad, las palabras del ministro Méndez deberían haber provocado el fin de su presencia en el gabinete ministerial, pero no, estamos en Bolivia donde es más fácil culpar a los medios y decir que sus palabras fueron sacadas de contexto. Son las palabras que vienen del poder que se da el lujo de culpar a otros, no admitir errores y menos corregir conductas erróneas.

En política y en la vida hay una palabra muy importante: prestigio. ¿Cómo queda el prestigio del Gobierno y del Estado en su conjunto con autoridades que hacen tan desafortunadas declaraciones?

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