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La peste

Adhemar R Suárez Salas 21/2/2020 03:00

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Durante siglos se creyó que la peste se transmitía a través del aire y que podía prevenirse o curarse ingiriendo extrañas pócimas, haciendo sangrías, purificando el ambiente mediante aromas o vigilando que no entrara en las ciudades ningún infectado.

Estas epidemias fueron consideradas como un efecto de la cólera divina. Dios es el origen de todas las calamidades y castigaba con dureza las malas acciones del hombre. Así lo testimoniaba el poeta francés Guillaume de Machaut a propósito de la peste de 1348: “Cuando Dios en su morada vio la corrupción del mundo, hizo salir a la Muerte de su jaula, llena de locura y de rabia, sin freno, sin bridas, sin discernimiento, sin fe, sin amor, sin medida, tan altiva y orgullosa, tan ávida y tan hambrienta que nada de lo que engullía conseguía hacerla saciarse. Recorrió todo el mundo matando y destrozando los corazones de todos los que encontraba”.

Sin embargo, ¿podía hacerse, frente a la peste, algo más que rezar y resignarse? Hasta los médicos de París reconocían que la pestilencia provenía de la voluntad divina, pero no querían renunciar a su monopolio sobre la salud de los hombres. Sin embargo, todas las medidas destinadas a eliminar su impacto negativo resultaron un fiasco. Ni los conjuros de brujos y hechiceros obraron los milagros de cura y rehabilitación.

Una cronología de “las visitas de la epidemia”, da cuenta que en 542 el Imperio bizantino es asolado por la llamada plaga de Justiniano, una epidemia con hemorragia bubónica de gran virulencia. En 1348 se desata la “peste negra”, considerada como la más devastadora de la historia. Se ceba en la población europea, que es reducida casi a la mitad. Una tragedia similar azota el centro y el norte de Italia, en 1629, con 280.000 víctimas fatales. 36 años más tarde, Londres es infectado con un brote de brutales consecuencias y un saldo aterrador: 100.000 muertos. En 1720 Marsella no puede resistir la epidemia propagada por una embarcación procedente del Mediterráneo oriental. En 1855, China se ve afectada por una pandemia demoledora que se extiende por el continente asiático los siguientes 50 años.

Imágenes impactantes descritas por célebres escritores refieren que “centenares de carros se dedican a recoger miles de cadáveres esparcidos en las calles de la Ciudad Luz, donde el espanto y el horror se contaminan de dolor, llanto y pestilencia, antes de ser inhumados en sepulturas comunes, a flor de tierra”.

El coronavirus, que nació en China y se propaga como un relámpago por el globo terráqueo y que la ONU lo ha declarado como “Enemigo público número 1 de la humanidad”, se convierte en este decenio del siglo XXI en una pesadilla deletérea que cabalga airosa y casi irrefrenable como un Jinete desbocado del Apocalipsis, asolando cuanto encuentra a su paso. Sólo una reacción en cadena provista de fuerzas integradoras en el marco de la salud y solidaridad podrá detener esta degollina.