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¿Por qué un asunto de naturaleza política puede llegar a una reyerta? Para responder se debe analizar la naturaleza intrínseca de la conducta humana. Todos disponemos de un sistema límbico en las estructuras subcorticales del cerebro, que se encarga del procesamiento anímico; una parte de ella, la amígdala, se encarga de regular las emociones, se activa cuando percibe una amenaza de su entorno para adoptar un mecanismo de defensa, para ello se comunica con el hipotálamo, a fin de inducir a otros órganos la liberación de adrenalina, norepinefrina y cortisol (hormona del estrés) para predisponer orgánicamente nuestro cuerpo a un accionar defensivo, al ataque o a la huida. Esas hormonas suben la frecuencia cardiaca, aumentan el azúcar en la sangre para que los músculos dispongan de ella en caso de pelear o escapar, sudamos y nos ponemos en alerta.

Este espectro fisiológico es el producto de una herencia de los mamíferos inferiores que lo usan para maximizar su supervivencia. En los humanos este mecanismo es muy útil cuando peligra la vida; también se activa cuando hay a amenazas inocuas, simbólicas o incluso fantasiosas. El problema de este mecanismo neuro-hormonal es que desconecta nuestra corteza prefrontal (donde radica el razonamiento, la reflexión y el autocontrol) de la toma de decisiones y la batuta es reemplazada por la amígdala, cuyo accionar está limitado al ataque, huida y defensa.

Cuando se apoya a un partido político, no solo se lo hace por sus planteamientos o ideología, sino también porque generan un “sentido de pertenencia”, lo que permite identificarnos con un grupo, del cual podemos obtener beneficios directos e indirectos, nos facilita la defensa o conquista de intereses comunes, podemos conseguir reivindicaciones, atendiendo la sensación de seguridad y compañía.

Ese “sentido de pertenencia” que creamos con una agrupación política, nos lleva a identificarnos con lo que ella representa en sí misma y nos hace sentirnos como parte de una “entidad mayor”. Por eso, cuando desacreditan a nuestro partido, tendemos a enfadarnos, porque tenemos la impresión de que esa afrenta va dirigida a nosotros mismos (pertenencia) y nuestro cerebro lo asimilará como una amenaza que agrede a lo que nosotros creemos que es parte nuestra. Entonces se activará la amígdala con sus mecanismos de defensa emocionales, instintivos e irracionales. Esto precipita la conducta humana a accionares irreverentes de nula sensatez, lo podemos ver por ejemplo en los insultos (entre partidistas de ideologías opuestas), agresiones (como las que se ven en varios parlamentos) o en la defensa de elementos injustificables (como pedir a los militares salir a las calles para desconocer a un presidente electo democráticamente).

A pesar de que Frans de Wall en su libro La política de los chimpancés menciona que estos primates también son capaces de obedecer al líder, traicionar, organizar conspiraciones o buscar la simpatía de la manada sin ser honesto a través de las conductas forzadas. Esto no significa que nuestra política sea la herencia inherente de un esbozo “mamífero” o “pasional”, sino todo lo contrario, los sistemas políticos humanos constituyen estructuras más complejas, con factores sociales, económicos y culturales, que influyen a toda su dinámica y funcionamiento, y que en conjunto tienen una justificación filosófica con un sistema de valores subyacente.

Esto quiere decir que gran parte de las doctrinas y postulados políticos, sus instituciones y sus protocolos son diseñados e intervenidos por la razón, es decir, por la corteza prefrontal, exclusiva de los humanos.

¿Entonces por qué a veces actuamos irracionalmente con la política? Esta torpeza es una conducta residual de nuestro pasado de mamífero inferior, que sin duda alguna aún tiene vigencia funcional, pero lastimosamente se usa en contextos ajenos e indebidos.

¿Es bueno que las emociones participen en la política? Eso depende, porque el entusiasmo y la motivación (modulada por la amígdala cerebral y el núcleo accumbens respectivamente) son necesarias para defender un ideal o un derecho que creemos justo y que es justificado con toda coherencia y consistencia, siempre y cuando la participación de la amígdala (emociones) sea mesurada. Caso contrario, cuando exista el predominio de la amígdala, el ciudadano no apelará a la “razón”, sino al “sentimiento” político.

Amargamente, algunos líderes y agrupaciones políticas acuden a las pasiones de sus seguidores (generalmente usando el miedo, principal estimulo de la activación de la amígdala) para la defensa de sus intereses y desdeñan a la razón, desvirtuando la naturaleza racional, crítica y reflexiva de la política, impidiendo que el ciudadano sea dueño autentico de su pensamiento y de su palabra, resultando más bien, víctima de sus pasiones en la hora de tomar decisiones o abordajes políticos.

Por eso debemos tener cuidado de lo que pensamos y sentimos, pues nuestro cerebro aún tiene un débil engranaje que nos puede llevar a tomar decisiones o accionares equivocados en materia política, la cual puede ser vilmente aprovechada por los “politiqueros”.

Mauricio Torres Peña es Analista


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