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La primera de primero: Agroindustria de la caña de azúcar

Mario Suárez Riglos 3/5/2021 05:00

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La semana pasada anunciamos que estábamos iniciando una serie de entregas sobre temas cuyas historias tienen tanta relación con la vida e historia de los cruceños, que bien merecen que se les dediquen museos y/o parques temáticos.

Entre los rubros productivos que, a nuestro humilde juicio, merecen ser homenajeados con lugares donde se concentren documentos, utensilios, imágenes, variedades, y cualquier artefacto o cosa que tenga que ver con su historia, se encuentra la caña de azúcar, y la agroindustria desarrollada alrededor de tan importante especie.

Teniendo origen en el archipiélago indo-malayo y en la Polinesia, y habiendo sido introducida en América desde Europa, a través de Cristóbal Colón, la caña de azúcar llegó a Santa Cruz de la mano de Ñuflo de Chaves y su plantación y cultivo se hizo con tanto éxito que en pocos años Santa Cruz ya se había convertido en un importante productor de azúcar, alimentando y endulzándole la vida al país, y hasta exportando a los pocos años ya a un maestro azucarero al Paraguay.

A lo largo de años y siglos, en la colonia, entre la fundación de lo que ahora se llama Santa Cruz la Vieja, en 1561, y sus dos traslados hasta su ubicación actual, en 1621, y no con pocas penurias, Santa Cruz de la Sierra desarrolló sus plantaciones y estableció ingenios ‒llamados así aunque todo era artesanal‒, de manera tal que durante más de 300 años exportó su producción al Perú y abasteció centros de consumo nacionales, con una logística de transporte basada en mulas, y expuestos a los ataques de feroces nativos que los acechaban constantemente.

Todo continuó luego de la Independencia, con la diferencia de que la saña en esta etapa republicana ya provino desde otros poderes que, desde las alturas del país minero, siempre fueron comedidos para poner palos en la rueda del progreso de Santa Cruz, estableciendo mañosamente impuestos y alcabalas que dificultaron la labor productiva y exportadora.

En todo este proceso de siglos, de colonia y república, Santa Cruz continuó con su paso industrioso desarrollándose con mano de obra pagada, no con sistemas de pongueaje como en las minas de occidente, y fue consolidando su industria con tecnología local, como la de los propios trapiches que, elaborados con maderas nativas de alta calidad, tenían un diseño ligeramente distinto al que se usaba en otros centros productores de azúcar de países como Brasil, Argentina, Colombia y varios de Centroamérica y el Caribe.

En lo social, en el proceso también surgieron personajes gigantes como doña Catalina Polanco, que heredó ingenios de su fallecido esposo don Francisco Hurtado, y se convirtió en una gran productora agro-industrial azucarera, digna de ser reconocida como paradigma de la mujer cruceña, valiente, industriosa, batalladora, socialmente sensible y administrativamente organizada.

Con cientos de ingenios en los llanos y los valles produciendo artesanalmente chancaca o empanizado para consumo propio y para la industria chichera de los valles más altos y occidentales, y mucho antes de que surjan otras industrias, pues, Santa Cruz basó su desarrollo original en la agroindustria de la caña de azúcar.

La especie es tan noble que aún hoy en día sigue siendo el cultivo del futuro y, como dicen algunos con buen humor y mucho optimismo, “tiene más propiedades que algunos conocidos terratenientes”, por lo que cada vez se desarrollan más productos a partir de ella y sus desechos, con experiencias como las del biocombustible, la energía eléctrica, el papel y otros ya ocurriendo actualmente en nuestro país.

Siglos de trabajo con ingenio e inventiva local, con mano de obra nativa y venida de las tierras altas permitieron que se desarrolle una sociedad dinámica y bullente alrededor de esta agroindustria, de manera muy inclusiva, con muchos peones que bajaron de las montañas y valles para zafrear y actualmente son grandes productores cañeros, socios de las empresas industriales, formándose una clase productora progresista pero sin llegar a constituirse una elite ni formarse del todo una aristocracia excluyente, la conocida sacarocracia que sí surgió en otros países.

Los aspectos técnicos, sociales, ambientales, económicos de la agroindustria de la caña de azúcar en Santa Cruz son tantos, pues, que desde esta columna se hace el llamado a la colaboración desinteresada de todos sus actores, quienes, con conciencia de pertenencia a un sector económico y al gremio profesional específico, deben unir sus fuerzas para llevar adelante la iniciativa de fundar un museo y parque temático de la agroindustria de la caña de azúcar.

El museo y parque temático serán el repositorio del acervo histórico y, a la vez, el centro de información sobre la innovación y el futuro de esta gran agroindustria, mostrando a las nuevas generaciones y al mundo en general una iniciativa de desarrollo local que puede sumar aún más fuentes de empleo a las que genera la propia actividad sucro-alcoholera y energética de la caña de azúcar.

De nuestra parte no hay dudas de que la ciudad que debe alojar esta iniciativa es la capital azucarera de Bolivia, Montero, en la provincia Obispo Santistevan, ciudad que, de aceptar el reto, agregará señales de su solidez como sociedad consolidada y madura, con autoridades que ganarán prestigio como gente que respeta el pasado y construye el futuro reconociendo las actividades principales de su jurisdicción, tanto urbana como rural, y le regalará a su gente un atractivo turístico al que se le sumarán todos los servicios asociados.

En cuanto a nosotros cabe, como expertos en el tema de la museología, si la Gobernación y el mencionado municipio nos convocan, saldremos de los caparazones de ámbar en las que estamos inmovilizados, o de los antiguos depósitos sedimentarios en los que estamos petrificados, y desplegaremos toda nuestra energía y conocimiento para hacer la mejor representación histórica y futurística de esta agro-industria.



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