Opinión

La protección de la Policía Boliviana

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24 de abril de 2020, 3:00 AM
24 de abril de 2020, 3:00 AM

Norah Soruco de Salvatierra

Dos hechos trascendentales tengo grabados en mi memoria y en mi presente, sobre miembros que honran a la Policía Boliviana.

El primero fue durante los luctuosos hechos de febrero del 2003 en medio de un levantamiento policial, cuando uno de los efectivos que formaba parte de la guardia en el edificio anexo al Parlamento Nacional -que a la sazón ya estaba bajo violentos ataques e inundado de gases lacrimógenos que imponían su desalojo- se presentó en la oficina donde sesionaba la Comisión de Hacienda para expresarnos: ‘cumplo el deber de informarles que estamos siendo replegados a nuestro Comando por orden superior y el edificio está quedando sin seguridad, por lo que respetuosamente les sugiero que ustedes también se retiren porque los acontecimientos se están poniendo muy graves y corre riesgo su integridad personal’ y luego, ‘también les sugiero sacarse el pin de identificación como diputados porque los pueden atacar’, salvando así nuestras vidas.

El segundo hecho fue cuando buscábamos desesperados auxilio médico y una ambulancia para trasladar a mi hermano víctima de un infarto en curso sin resultados, y fue una patrulla del 110 la única que acudió a nuestro llamado y lo trasladó al hospital más cercano, aunque ya era tarde y nada se pudo hacer.

Estas dos experiencias personales, que me permito compartir en estas líneas, ratifican con énfasis, en primer lugar, que como ciudadanos en último término estamos protegidos con el auxilio de esa Policía Boliviana tan venida a menos en el concepto y valoración general, pese a la escasez de recursos y dotaciones con que cuentan para el cumplimiento de su misión, sin desconocer el apoyo periódico que hace nuestra Gobernación según sus posibilidades.

En las circunstancias dramáticas que la pandemia del Coronavirus nos impone, igualmente son los policías quienes están en las calles y avenidas cuidando el orden y la seguridad con alto desprendimiento personal y familiar en precarias condiciones de trabajo. Sólo me queda agradecerles con mi compromiso de trabajo desde donde me toque estar, para que logren la cobertura de sus requerimientos individuales y como cuerpo que necesitan y se merecen.

Por otro lado, como premonición de lo que iba a sucederle a mi familia como puede ocurrir con muchas otras, desde esta misma columna sugerí la instalación de una estación departamental de mantenimiento de los vehículos públicos que garantice su funcionamiento y durabilidad, sin esperar a su agotamiento total para ser renovadas tarde, mal o nunca, dados los siempre escasos recursos disponibles. Al presente reitero y reclamo tal pedido porque no es posible que un hospital ubicado en zonas de alta densidad poblacional y alejado de las instalaciones médicas centrales, no cuente con una ambulancia porque se arruinó alguna de sus partes y no se logró su inmediata reparación con la urgencia que la naturaleza de su servicio supone para la ciudadanía.

Dada la emergencia sanitaria que vivimos, tal vez no sea el momento de exigir más eficiencia  en la administración de los servicios públicos, pero por ella misma en el caso de la atención médica de urgencia,  lo señalado es una prioridad inexcusable.

Por último, que las inflexibles normas que regulan y establecen los protocolos de los servicios médicos públicos y privados, deben ser objeto de su adecuación a los tiempos de pandemia que vivimos, para suprimir todo procedimiento burocrático que complica y aumenta el dolor de las familias, sobre todo si están en manos de personal con deficiencia de criterios e incapacidad en el manejo de una crisis.

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