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El mundo ha experimentado una transformación sin precedentes en los últimos 250 años como nunca en la historia.

El ingreso por habitante en los países desarrollados se multiplicó por 20 entre 1820 y fines del siglo XX, que contrasta con la magra triplicación entre el año 1000 y 1820, según cálculos del historiador económico Angus Maddison. En los países en desarrollo el cambio también es importante, aunque menos pronunciado, porque se multiplicó por 6, frente al exiguo 30% en el periodo previo.

El inicio de este cambio ocurrió cuando un invento como la máquina de vapor se incorporó al proceso productivo, desencadenando lo que se conoce como la Revolución Industrial, la primera de las cuatro en la historia mundial.

Uno de los efectos de esta transformación es la urbanización o “el triunfo de las ciudades”, tal cual titula el libro del respetado profesor de Harvard Edward Glaeser. De hecho, en 1820 apenas el 12% de la población europea era urbana, cuando hoy esa proporción está en torno al 80%.

La urbanización ha traído beneficios importantes como también desafíos que deben subsanarse. Los primeros corresponden a la cercanía que existe entre los diversos actores económicos. Los trabajadores pueden encontrar empleo a una distancia corta y los empresarios pueden vender de manera más ágil sus bienes y servicios.

En cuanto a los segundos, los principales problemas se asocian a la congestión, la inseguridad ciudadana, la inadecuada capacidad de generar conocimiento e ideas, entre otros.

La congestión es un mal que nos roba lo más preciado que tenemos: nuestro tiempo. Por viaje destinamos 40 minutos en transporte público en la región metropolitana cruceña, mientras que, si es privado, se reduce casi a la mitad, según el estudio de la cooperación japonesa JICA.

Por tanto, si se hacen dos millones de viajes por día con fines de negocios, no es implausible pensar en 40 millones de minutos al día que se desperdiciarían en el transporte. Esto equivale a más de 80.000 jornadas laborales que se perderían por día.

Respecto a la inseguridad ciudadana, el costo anual para nuestra región metropolitana se encontraría en torno a 300 millones de dólares, extrapolando las estimaciones de organismos internacionales como el BID y el PNUD. Ese costo implica las vidas que se pierden, los costos hospitalarios y el gasto en seguridad.

Y en cuanto a educación, el tema es más sutil, pero no menos cotoso que los anteriores. Por ejemplo, el porcentaje de técnicos y profesionales entre 25 y 34 años es de 35%, por debajo del 40% en otros departamentos. Sin considerar el ámbito cualitativo, esto implica que tenemos un potencial menor de más de 20.000 personas calificadas por año que podrían aportar con mayor producción.

En 1776 el filósofo Adam Smith publicó “La riqueza de las naciones”, donde destacó el valor de la especialización y del intercambio como bases para sociedades más prósperas.

Hoy sabemos que además es importante la diversificación y la cercanía, pues la riqueza más preciada de las ciudades es su gente.

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