Opinión

La riqueza se escurre con el fuego de los bosques

Editorial El Deber 27/9/2021 07:25

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La riqueza se escurre con el fuego de a riqueza natural de Bolivia, especialmente en el Oriente boliviano, ha sido rebasada, incinerada e invadida por las acciones ilícitas del narcotráfico y por otros intereses mezquinos sin respetar las normas constitucionales. El turismo natural, que goza de la variedad de animales silvestres, variedad vegetal, de los ríos cristalinos y de montañas poderosas que maravillan a los ojos sensibles es un cuento que quedó en el pasado. Nada de eso parece existir ahora.

Sobre todo, en las áreas protegidas que hasta el nombre ya suena iluso.

Durante la pandemia, el turismo medioambiental en esas áreas ha desaparecido. Guías y especialistas temen abordar ciertas zonas por miedo a ser molestados por unos y otros, que disfrazados o no provocan cierto aislamiento, que es justamente la zona donde libremente opera el narcotráfico para cometer sus ilícitos.

La actividad que conlleva la presencia de fábricas de cristalización de cocaína, de plantaciones de coca, de transporte sospechoso, hacen que el turista nacional e internacional se aleje ante el peligro.

La Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito detalló que hay cultivos de coca en áreas protegidas y no solo en el oriente boliviano. Apolobamba, Isiboro Sécure (Tipnis), Carrasco, Cotapata, Amboró y Madidi. Cuatro de las áreas protegidas mostraron un incremento. “El Parque Nacional y ANMI Amboró un 118%; Carrasco un 87%; Apolobamba un 23% y Cotapata un 17%, según el informe.

Hablamos de parques nacionales, de áreas protegidas, donde existen los recursos naturales más preciados que tiene el país, en una de las zonas más genuinas y maravillosas del continente.

El otro elemento destructivo son los incendios que no frenan y que traerán consecuencias nefastas para el futuro próximo. El acelerado proceso de desmonte y la quema y destrucción de la biodiversidad están generando daños ambientales sin precedentes.

Y siguen quemando nuestros bosques. Las imágenes que llegan reviven el dolor e indigna ver tanta desolación. En cada segundo que pasa, en cada animal muerto y en cada especie vegetal destruida, morimos un poco también nosotros.

El fuego continúa arrasando en centenares de zonas de las provincias cruceñas y la extensión quemada sobrepasa los 1,6 millones de hectáreas. Hasta los puentes que conectan las comunidades, como por ejemplo en San Matías, están siendo destruidos. Imágenes de guerra, propias de un apocalipsis que se puede evitar.

La inacción, la falta de declaratorias de emergencias y de auxilios verdaderos se codean con la falta de sanciones a los responsables de tanto desastre. Y mientras todos miran para el otro lado y se suben y bajan banderas, la destrucción avanza. Así como ninguna fuerza política garantiza el cumplimiento del Acuerdo de París contra el cambio climático en el mundo, en Bolivia las promesas de campaña siguen cayendo en saco roto. La única esperanza real de los pobladores más cercanos y afectados es una lluvia sanadora.

En el cielo más impuro hoy, una luna, como una lágrima roja cuelga en la noche camba, implorando por la destrucción de lo mejor que nos queda, la riqueza natural que se nos sigue escurriendo entre los dedos.los bosques

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