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Fue cabeza del Parlamento, es médico, es mujer, es madre, y hoy a cargo del área. ¿Podríamos pedir mejor perfil después de tantas improvisaciones, con la formación y vivencia necesarias para la conducción, planificación, previsión y gestión de la salud en Bolivia con base en las prioridades de la mayoría poblacional?

Pareciera que sí es suficiente, pero cuando se tienen otras condiciones indispensables, la consciencia y el compromiso personal consecuente con el servicio juramentado varias veces, de los objetivos superiores colectivos que se le encomendaron, por sobre las consignas de una militancia política ciega.

Porque, tendríamos que estar ciegos o dementes, para no ver los enfermos en las puertas de los hospitales mendigando una cama o una consulta, los cientos de migrantes temporales o definitivos que llegan a esas puertas por carecer de auxilio médico en provincias, pueblos y comunidades; la humana imposibilidad del personal médico para poder atender la incesante y creciente demanda de atención, los esfuerzos voluntarios y llamados de ayuda en las redes sociales para preservar la vida de un vecino o familiar. Es una realidad que a diario muerde nuestra sensibilidad, que nos lastima, nos afecta, nos hiere.

Así como los parlamentarios son o debieran ser, los portadores de las necesidades de sus representados, los ministros son, o debieran serlo, de las necesidades del área a su cargo en el seno del Ejecutivo. Para luchar, debatiendo con valentía el necesario buen uso de los recursos del Estado que somos todos, con la supresión de lo innecesario, insustancial, superfluo o suntuoso, que insulta las condiciones de pobreza y abandono de los menos favorecidos.

Por el contrario, en la otra cara de esa realidad que grita, está la obscena gimnasia de autoridades que, con destreza, se lavan las manos unas con otras sobre su responsabilidad en resolver los problemas, aprovechándose de la superposición y entrecruzamiento de competencias, pensadas bajo la sana premisa de coordinación entre los tres gobiernos, incumplida una y otra y otra vez, como en este caso, de forma a todas luces intolerable.

Esa coordinación que sí se pudo efectivizar por interés político específico, cuando sacando recursos de donde no había y con una celeridad admirable se construyó la carretera G77, voluntad política y eficacia ausente cuando se trata de la salud del pueblo.

Bajo los patrones de conducta que vemos en la administración del Estado y en sectores tan fundamentales como la salud, no nos sirve un alto perfil profesional insensible, inconsciente y fanatizado para manejar asuntos tan fundamentales como la preservación y conservación de la vida de los bolivianos.

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