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La “seño Claudia”

Lunes, 28 de julio de 2025 a las 00:12

Por Redacción

Por Cecilia Lanza Lobo


Inundados de política, de pronto sacudimos el corazón y giramos hacia lo que realmente importa, y es tender las manos -y preguntar a los candidatos por su propuesta- a los niños que, sin siquiera saberlo, fueron desamados, echados a su suerte. Entonces hablamos de la “seño Claudia” y su liternita de esperanza para esos niños que, valientes, aceptaron darse a sí mismos esa oportunidad. Han pasado 35 años y la “seño Claudia” sigue ahí, con sus niños y su Fundación Alalay.

Ni siquiera es mi pariente lejana pero Claudia es mi hermana. Ya sé que es lo de menos, pero no para mí. Porque ella es mi ángel de la guarda y es mi guía porque de ella aprendí el respeto más profundo y el amor más grande: el amor incondicional.

Porque de ella aprendí que los chicos de la calle piden amor a gritos y a veces a golpes porque así aprendieron a hacerlo. De ella aprendí que roban porque tienen hambre; que se defienden porque tienen miedo, porque en su casa les golpearon el cuerpo y sobre todo el alma. Por eso, de ella aprendí a mirarlos con amor en cada esquina donde te paran el auto para limpiar los vidrios y recibir a cambio dos pesos. 

De ella aprendí a mirarlos a los ojos, a darles la mano con amor, a curar sus heridas, a escucharlos, a darles mi cartera sin conocerlos, mirándolos a los ojos con toda la confianza del mundo y decirles: “me la vas a cuidar”. Y la cuidan. “Ya seño, hola seño”, dicen, y me siento más protegida que nunca. De ella aprendí a vivirlos como los seres humanos maravillosos que son, igualitos a ti, a mí, con la diferencia de las condiciones en las que les tocó nacer. Pero si en su casa no fue posible crecer, la “seño Claudia” les dio la oportunidad y la tomaron.

Claudia Gonzales creó Alalay, un hogar para los niñ@s de la calle, y 35 años después es una institución grande y sólida. Por Alalay pasaron y crecieron más de 45.000 niños en La Paz, El Alto y Santa Cruz. Podríamos relievar su aporte con un montón de datos, pero yo quiero celebrar a Claudia, mi hermana, con esta historia de amor.

Porque Alalay es una historia de amor que entre otras cosas explica por qué ese proyecto creció tan lindo, tan fuerte. A puro amor. Por eso me gusta recordar cómo fue que un día cualquiera cuando tenía apenas 15, 16 años, ella llevó a un niñito de la calle a su casa, le dio comida, ropa, techo, cuidado y amor, y cuando buscó ayuda para entregarlo a alguna institución, casi la acusan de rapto. El niño se llamaba Joaquín y tenía 5 años. Así nació Alalay. Hoy Joaquín es un hombre grande, profesor de educación física, un papá que ha criado a su hijito como hubiese deseado que lo amen a él. Así lo amó Claudia e hizo de él el hombre que es hoy.

Cuántas cosas has pasado, hermana Claudia. Desde las noches en el Zoológico jugando fútbol con los chicos, haciéndote conocer para que pierdan el miedo y recuperen la confianza y la fe en la vida. ¿Te acuerdas de aquella vez que los llevaste a los Yungas y se pelearon a muerte por un pedazo de pollo? Cuántas barreras has roto, hermana Claudia, cuando nadie quería alquilar una casa para que 30 niños en harapos, sin madre ni padre que diera fe de ellos pudiesen tener un techo. Y lo hiciste. 

Todavía recuerdo cuando garabateamos en un papel el logo del Alalay, o los primeros eventos invitando a las instituciones tú solita, afanada, embarazada de tu wawita, casi diste a luz en un taxi. Ay, hermana, recuerdo tus manos, las uñas rojas y los dedos llenos de verrugas de tanto agarrar manos para acompañarlas en su camino. Todavía guardo los dibujos que las niñas hacen de ti, como estrella de televisión. Eres para ellas, como eres para mí, su ángel de la guarda.

“Si logro rescatar una vida, unita, valdrá la pena”, me dijo ella alguna vez. Y hoy son miles de vidas que han logrado salir de ese maldito lugar de la violencia, del abuso, la pobreza y el desamor, y han encontrado su camino: miles de guerreros y guerreras que quizás te encuentres en el camino, una oficina, una tienda, un supermercado, una empresa, sin saber que ese hombre o esa mujer crecieron en Alalay con la “seño Claudia”. Pero si desde hoy pones atención y los miras, verás en ellos algo, una mirada confiada, una sonrisa de amor, y sabrás que su ángel fue la “seño Claudia”.

Hace algunos años, el Congreso Nacional reconoció a Alalay por andar moviendo montañas. Es quizás una obviedad pues Claudia y otras instituciones compensan las carencias del Estado que ha delegado en ellas su responsabilidad. Que sirva esta ocasión para alzar la voz, además de reconocer, siempre que podamos, a Claudia por su empeño, su entrega y su amor.
 

* Cecilia Lanza Lobo, cronista y editora

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