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La silla azul tomó un leve impulso antes de recorrer por los aires cinco metros antes de estrellarse contra la humanidad de Evo Morales, jefe del MAS que dirigía la reunión de dirigentes de su partido en Lauca Ñ, municipio de Shinahota, Cochabamba. El golpe no tuvo ninguna consecuencia para la salud del agredido, pero tiró por los suelos aquella suerte de halo que hasta ese momento hacía intocable al sexagenario dirigente que ya no es el mismo desde que huyó del país en noviembre de 2019.

Más que romper algo, lo que hizo el impacto de plástico es develar que algo ya estaba fracturado en las relaciones antes incuestionables y casi sagradas entre el líder cocalero y las dirigencias de sus bases. Su megalomanía, su vida de rico, su obsesión con el poder, sus trampas para retenerlo, y después los doce meses fuera del país, entre México, Cuba, Argentina y Venezuela, resquebrajaron aquel antiguo idilio que parecía contradecir las leyes básicas del amor, aquellas que sostienen que a medida que pasa el tiempo la pasión se apaga. En su caso las brasas parecían mantenerse al rojo vivo y no se volvían ceniza, como manda la naturaleza. No, hasta Lauca Ñ.

Si en la sede de las seis federaciones de cocaleros, cuartel general de Morales y territorio cuasi libre de autoridad del Estado, como es el municipio de Shinahota, le perdieron el respeto al hasta entonces axiomático jerarca, es que algo se hizo trizas la tarde del lunes 14.

Se trataba de elegir al candidato a la Gobernación de Santa Cruz y Morales quiso hacerlo en el trópico de Cochabamba, lo que para los cruceños pasó casi inadvertido porque sus miradas estaban distraídas en seguir el curso de la silla azul en su breve viaje por el aire. Pero elegir en Cochabamba al hombre o mujer que podría gobernar Santa Cruz fue -diría la expresión popular cruceña- ‘mucha dosis’.

Aquel lunes el líder tenía bajo la manga el nombre de su elegido, el exministro Carlos Romero, pero cuando trató de cumplir eso que en el pasado era mero trámite para ‘legitimar’ al seleccionado, haciendo parecer que el pueblo lo eligió, algo falló y las sumisas bases de antes ya no lo fueron y echaron en cara del jefe su descontento para decirle ‘no’ al dedazo y a las viejas figuras del entorno evista y terminaron imponiendo el nombre de Pedro García. Lejos de allí, en la ciudad de Santa Cruz, otras bases masistas proclamaban a Mario Cronenbold como candidato a la Gobernación cruceña. Y ahora, ¿cuál proclamación es la válida?

La silla de Lauca Ñ no derribó al hombre, pero tiró al mito por los suelos, contrariamente a la tradición que a los expresidentes que salen del poder y entran a la historia por la puerta ancha los convierte en héroes y personalidades respetables, a quienes incluso el protocolo les regala de por vida el título de “presidente”.

Imposible no pensar en un momento así en el presidente Víctor Paz Estenssoro, que se retiró decorosamente de la política, se recogió a su apacible San Luis tarijeño, eligió la rutina diaria de salir personalmente cada mañana a pie a la tienda a comprar el pan para el desayuno, pidió que nadie lo moleste ni para reuniones políticas ni entrevistas de la prensa hasta su muerte, y nadie lo molestó.

No es el caso de Morales, que sigue persiguiendo el poder, que ahora no sabe cómo lidiar en un país donde su partido manda, pero es otro el presidente. Y con un MAS que en doce meses aprendió a vivir sin él. Y no le fue mal. Al contrario, le fue mejor, tanto que ganó una elección con un escalofriante 55,1 por ciento y llevó al poder a otro hombre que no es intocable, sino uno más discreto y austero que toma vuelo comercial para viajar a un chequeo de su salud, como cualquier mortal.

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