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25 de julio de 2017, 4:00 AM
25 de julio de 2017, 4:00 AM

Cuesta reconocer los niveles de violencia en los que como sociedad nos hemos acostumbrado a vivir. Mucho más cuando la vanidad es fiel compañera de la delincuencia. No tenemos reparo en ensalzar la habilidad de  jugadores de fútbol que desfalcan al Estado unos cuantos millones. Perdonamos su angurria a cambio de la gambeta y el grito de gol la tarde de domingo familiar. Glorificamos al matón de turno en las aulas, quien ejerce la violencia solo porque puede y porque siempre queda solo el más débil. Laudamos con probidad en retretas y desfiles cívicos a personas a quienes llamamos autoridades, pese a que se regodean en hechos fehacientes de corrupción. Envidiamos la camioneta 4x4 de quien maneja ferozmente, quitando espacios, negando paso, no respetando señales mínimas de tránsito, solo por comodidad o porque puede. Aplicamos a conveniencia una ética pragmática deformada, en la que el mal menor deja de ser la consigna y se reemplaza por la justificación del beneficio mayor, sin importar las consecuencias. Los crímenes de cuello blanco no se condenan, sino más bien se exaltan como ejemplos de éxito, fama y poder.

Hace poco fuimos testigos de un hecho de violencia extrema en la ciudad, un hecho que fue atroz, al que sin reparo alguno convertimos en comodín de cambio para arremeter contra la institucionalidad. Nos llenamos la boca de justicia, haciendo apología de la violencia, explotando el dolor ajeno, reenviando sin consideración alguna, video tras video, imagen tras imagen de seres humanos convertidos en personajes de programas televisivos de fantasía. Nos jactamos de pericia en análisis de escenas de crimen, condenamos la ejecución de un asaltante en rendición, pero luego sin asco compartimos las fotografías de su cuerpo desnudo en la morgue. Nos abalanzamos para politizar el hecho y quitarnos la responsabilidad de encima.

Es fácil hacer leña del árbol caído para lavar conciencias, sin embargo la violencia la generamos nosotros todos los días desde lo cotidiano. La delincuencia es resultado de la marginalidad, la extrema pobreza, la privación de educación, la acumulación desmedida de riqueza en unos cuantos y la miseria extrema en tantos. La corrupción es resultado de nuestra pasividad como ciudadanos, nos representan aquellos que reflejan lo que como sociedad proyectamos, nos resguardan quienes en teoría optaron por el bien por encima del mal, enlistándose en instituciones podridas hasta las raíces. Resguardan las leyes quienes juraron luchar por la justicia, en instituciones vendidas a la mejor oferta. La violencia es responsabilidad nuestra, de todos. La diferencia también es nuestra. 

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