Opinión

La tierra de árboles gigantes

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13 de febrero de 2017, 4:00 AM
13 de febrero de 2017, 4:00 AM

Los árboles gigantes son gigantes de verdad. En el área protegida municipal Aquicuana, a 10 km de Riberalta, en plena Amazonia de Beni, hay un bosque que abre sus puertas para que el que ose ingresar sin el peso de la rutina sea capaz de olvidar sus penas. 

Dentro del área protegida está la laguna San José y en una de sus orillas se levanta el complejo Pisatahua Ecolodge, un retiro de plantas medicinales donde los seres humanos de cualquier lugar del mundo podrán encontrarse a sí mismos y mandar a mudar sus fantasmas que en las urbes los martirizan. Wigberto Rivero lo dice con aplomo, como si conociera al detalle el lenguaje de la selva, como si fuera capaz de descifrar lo que cuentan las ramas de las plantas cuando las mece el viento. Quizá sea porque él ha sentido en carne viva la generosidad de la naturaleza, porque desde que era niño ella lo acunó como una madre y por eso ahora quiere que la gente venga y se interne en los brazos del mapajo y del moje, dos de los árboles gigantes cuyas copas buscan incansables alcanzar el sol. Llueve y no toda la lluvia llega hasta el suelo. Buena parte de la lluvia se queda en las hojas y en los troncos, y en las ramas de los arbustos y de los árboles, y en sus frutas que cuelgan rojas y amarillas. Hay zonas en este lugar donde la vegetación lo cubre todo y uno no se entera de que está lloviendo en la Amazonia y se distrae alzando los motacús que los jochis no han mascado en la madrugada, y también uno se distrae mirando las palmeras de asaí que los jóvenes más duchos las trepan con solvencia para bajar sus frutas maduras.

Las cabañas que albergarán a los visitantes van tomando forma, mientras el lago contempla el cielo cargado con lluvias que desata cada vez que se sacude como si sintiera frío. Wigberto camina por las sendas que ha abierto a machete y camina con su hija Sasha y su yerno Erick, un norteamericano que se ha enamorado del canto de las aves y ha preferido dejar los rascacielos por los hongos gigantes y también por los minúsculos, por las plantas de copoazú y de las de cacao, por las lianas como las de Tarzán y los árboles de almendra que desde arriba pareciera que lo ven todo 

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