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La “tierra de nadie” es nuestra

Alfonso Cortez 12/3/2021 05:00

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Durante una de mis caminatas, por las calles de la ciudad vacía, encontré a una compañera -también madrugadora-, renegando contra uno de sus vecinos que había talado un árbol y arrastró las ramas y troncos, desde su vereda hacia la avenida del canal Isuto. 

Este egoísta vecino, despejaba su personal espacio de circulación, perjudicando el de los otros. Mi enojada camarada, repetía en voz alta un viejo y sabio adagio, y decía además algunas otras dolorosas verdades: “¡Una ciudad limpia no es la que más se barre, es la que menos se ensucia. Mire usted estas bolsas en medio de la jardinera, estos barbijos botados por aquí, basura de peatones y conductores, cochineras por todos lados. No cuidamos los pocos espacios verdes que nos quedan. Debemos hacer lo correcto, incluso cuando nadie nos ve!”.

En la pasada campaña electoral, se perdió mucho tiempo hablando sobre los defectos y antecedentes personales de los candidatos, entre medio de algunas vagas propuestas generales y otras tantas ofertas demagógicas. De lo que se habló poco, o casi nada, es de la pérdida de calidad de vida que los ciudadanos hemos venido sufriendo en las últimas décadas. Se repite siempre que el explosivo crecimiento demográfico -principalmente, provocado por la migración-, no ha permitido que la ciudad pueda desarrollarse de manera ordenada y planificada. Además de esa incuestionable realidad, poco se dice del “rol pedagógico y ordenador del gobierno municipal”.

En el Manual del perfecto Jigote. Una guía práctica para ser feliz en Santa Cruz de la Sierra, que podría servir para Sucupira o cualquier otra ciudad del país, José Antonio Prado ya advertía que “ante un escenario en el que se evidencia la pérdida del sentido de pertenencia al lugar y la sensación de que es ‘tierra de nadie’, la manera más ‘efectiva’ de adaptarse es velar cada uno por sus propios intereses y supervivencia, aún a costa de pasar por encima de los derechos de los demás, o atentando contra el patrimonio de todos”.

¿Por qué nos comportamos tan incivilizadamente?, ¿qué tan cierto es eso de la “falta de sentido de pertenencia”?, ¿el abuso, la ilegalidad, el egoísmo pueden transformarse en un rasgo cultural, sino se hace nada al respecto?, ¿la formación ciudadana debe recibirse en la familia, la escuela?, ¿el comportamiento colectivo, el entorno, la falta de sanción son factores tan determinantes para incidir en el comportamiento individual?

En el prólogo de ese manual, se presentan reflexiones de Antanas Mockus sobre las discrepancias entre la Ley, la Moral y la Cultura que podrían ayudarnos a responder estos cuestionamientos: las leyes obligatorias son veladas por el Estado; la moral que recibimos de padres, maestros y medios es autorregulada; y la cultura, incorporada en hábitos y comportamientos, es vigilada por la propia comunidad. “El divorcio entre los tres sistemas que regulan el comportamiento humano es la fuente de los desencuentros que tanto y cada vez más nos frustran la experiencia de vivir bien la ciudad”.

La formación ciudadana -permanente y sostenida-, de la que no se dijo casi nada durante la campaña electoral, permitiría que Ley, Moral y Cultura puedan coincidir. Un proceso educativo de largo aliento, con las condiciones para que el ciudadano pueda cumplir con las normas, y con controles y sanciones de parte de la autoridad competente, es la única salida para revertir la acelerada pérdida de calidad de vida. ¿Sabremos hacerlo en esta nueva oportunidad que nos da la democracia?



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